Una gota de anís resbala por tus muslos con la indiferencia de un barco que se aleja. Suena el color dorado en las orillas del ojo, del mar del ojo, del mal de ojo. Sueña una imagen color naranja con ser, eternamente, una perseguidora quintaesencia.
Por eso, a las trampas del ojo me encomiendo. Y me inflamo, por si llegan a tiempo las pesadillas del cristalino.