I Cómo cantarte, Diótima, sin vino y con el piano mudo que a señas me congela. Cómo describir, en su cadencia, tus lentas ceremonias si no puedo beberte de mi vaso, si no te me atragantas rumorosa, si la botella rota no conserva tu ardor ni los reflejos. No hay alcohol, amantísima Griega de voz noble, comparable a tus claras humedades: las de tus ojos grandes y en destierro, las de tus frescas lágrimas fingidas, las de tu vientre ajeno que humea bajo la lluvia. Cómo cantarte con la garganta seca, cómo vivir si no puedo beberte devorándote, cómo sorber tus músculos tirantes de alta mujer bandera entre los hombres si ya no estás emparedada en vidrio, si resulta imposible pulverizar tus huesos. Brilla perfecto el sol de los nocturnos. El veneno en silencio merodea. La quietud con sus fauces me rodea.
II Cómo nombrarte, Diótima, sin vino en la mar alta. Se resecan los vocablos innobles, se agrieta la faringe bajo esta sobriedad de hachazos, no soportan tus lóbulos carnosos mis huecas oraciones caídas del fermento. Qué soledad más triste la del sobrio. De la luz amarilla se desprende un tropel de gnomos enyesados. Abro la boca para que mis gritos se adornen con vómitos o maldiciones y las encías supuran una dulce canción por la embriaguez perdida. Cómo nombrarte, Diótima, si no soy el ahogado amanecido en el centro de tu calma.