Por la espaciosa frente pálida y pensativa, desciende la melena en dos rizos iguales. Negros ojos miopes, gruesa nariz lasciva, la faz oval y fina, los labios sensuales.
Sobre el flexible cuerpo, perturban la negrura del enlutado traje que su dolor retrata, el d’annunziano cuello con su nívea blancura y con manchas sangrientas la flotante corbata.
Apura un cigarrillo Kedive, reclinado en un diván oscuro, y entre el humo azulado del tabaco, sus ojos contemplan con amor
el azul de las venas sobre las manos finas, dignas de rasgar velos de princesas latinas y ceñir el anillo del Santo Pescador.