La sabia mano a cuyo tacto ardiente vibra la carne como un instrumento, prolongó la agonía del momento en una languidez intermitente…
¡Oh, el cálido contacto de tu frente! ¡Oh, tu dorso desnudo y opulento echado sobre mí, como un sediento sobre la superficie de una fuente!
Mis besos perfumaron el vacío de un húmedo y mortal escalofrío… ¡Y bajo tu melena estremecida
en un áureo manojo de serpientes, sentí sangrar y sucumbir mi vida, entre el canibalismo de tus dientes!