Por ver quién recogía tu pañuelo, que dejaste caer a unos truhanes, con el más bravo de los capitanes al pie de tus balcones tuve un duelo.
Me hirió su espada bajo el ferreruelo, y para contener nuevos desmanes le hundí el acero hasta los gavilanes y cayó, desangrándose, en el suelo.
Y tu pañuelo recogí galante con ademán del que recoge un guante. Y envainando la espada enrojecida,
me alejé sonriente y satisfecho, apretando el pañuelo contra el pecho para enjugar la sangre de mi herida.