Quedó en mis manos un jirón de encaje; te escapaste de mí como una sombra, mas al huir, se te enredó el ropaje y rodaste de espaldas por la alfombra.
Te curvé bajo el yugo de mis brazos, y de mis dientes la caricia ruda rasgó cendales y deshizo lazos, hasta dejar tu castidad desnuda.
Y allí, sobre la alfombra, entrelazados, las sombras como hiedras agitadas, nuestras bocas rampantes y lascivas.
confundidos en un bárbaro grito, resucitamos el antiguo mito del amor, en las selvas primitivas.