Callas y sufres, no te comprenden, ¡oh noble espíritu! Miras abajo y callas al claro día, pues vanamente, bajo el sol buscas los tuyos, hijos
de reyes, que antes como hermanos, como en los bosques las cimas gemelas, de amor y patria jubilosos gozaban al recuerdo de su origen
bajo el abrazo infinito del cielo; fieles y gratos llevaron sin duda aun a la sima del Tártaro la alegría, libres criaturas, hijos de los dioses,
almas henchidas de gracia, y ya extintas; a ellas en estos años luctuosos y al cotidiano clamor de estrellas que fueron, llora nuestro corazón,
y este fúnebre trueno nunca fin habrá. Mas el tiempo sana. Los seres divinos son fuertes y raudos. Recobra la naturaleza su antiguo y alegre dominio
¡Mira, amor! Aun antes de que nuestra colina se hunda, un canto mortal ha de ver el día, oh Diotima, que en pos de los dioses y en pos de los héroes te nombre su igual.
Versión de Otto de Greiff