Lamentos de Menón por Diotima

Lamentos de Menón por Diotima

(fragmento)

I Vengo en vano a buscar un cambio todos los días, callan siempre a mi voz todas las sendas del campo; fui a las gélidas cimas, las sombras todas me vieron, y las fuentes; incierto vaga sin rumbo el espíritu, paz buscando; así va por los bosques la herida alimaña que a medio día de sombra segura gozó; pero ya a su verde guarida no ha de tornar. Insomne y dolida el dardo lleva doquier. No el calor ni la luz, no la gélida noche la curan, ni el frescor del torrente da a sus heridas alivio. Y como la tierra sus triacas en vano dale, y el céfiro no su fiebre logran aplacar: tal, amigos, ¿a mí será imposible que nadie pueda el fatídico sueño por fin apartar?

II Sí, bien poco curáis del miserable que, oh dioses de la muerte, apresáis en vuestras ávidas fauces, y crueles hundís en la lúgubre noche; para qué suplicar, o con vosotros reñir, o con paciencia sufrir en pávido exilio viviendo y sonriendo escuchar vuestra necia canción; si ha de ser, tu salud olvida, duerme callado; pero surge una voz de esperanza en tu pecho; ¡tú no puedes aún, pobre alma, no puedes consentir, pues aguardas presa en tu sórdido sueño! Y aún ambiciono la corona que adorna mis bucles; bien sé que solo estoy, empero llega de lejos sombra amiga, y sonríe, y me llena de pasmo, pues me torna feliz en el dolor que me oprime.

III ¡Luz de amor! ¿Tu fulgor áureo llega también a los muertos tal como en tiempo feliz brillas ahora en mi noche? Dulces jardines, montañas rosas al sol del ocaso, bienvenidas seáis sendas calladas del bosque, sois testigos de un júbilo celestial; ¡lueñes astros que santas miradas antaño me enviásteis! Y vosotros, amables hijos de un día de mayo, suaves rosas y lirios que siempre memoro; primaveras fenecen, los años expulsan los años, cambian y pugnan, el tiempo se cierne sobre testas mortales, mas no en los ojos beatos de amorosas parejas que nueva vida comparten. Pues los días, los años estelares por siempre, ¡Diotima! Con nos íntimamente se unieron.

IV Pero unidos en plácida paz, como cisnes amantes que ante el lago reposan o son por las ondas mecidos, viendo el fondo en que nubes de plata la linfa refleja, y el etéreo azul que a su paso tremola; de tal guisa fuimos los dos; alzábase el Bóreas que persigue al amor, y que supo abatir del ramaje el verdor, y la lluvia en el viento arrastrar; mas tranquilos reíamos, nuestro dios vigilaba el idilio con faz infantil y serena, que en un canto común nuestras almas unía. Mas hoy está vacía la casa; se han llevado mis ojos, me he perdido también contigo al perderte. Y así debo vagar, e igual a las sombras vivir; vano y sin alma ya todo ha de ser para mí.

V ¿Qué festejar, con qué fin? ¿Cantar, y con quién? Al solitario los dones divinos no llegan; es este mi delito; yo sé que un signo aciago paraliza mis miembros, mi espíritu anula, y mudo, insensible, como un niño me torna. Sólo a veces los ojos lágrimas gélidas lloran, y me atristan las flores del campo, las aves alegres, mensajeras de radiante canción celestial. Pero el vívido sol en mi lúgubre pecho, frío, estéril, declina y anuncia la noche. ¡Ay! Y vano y vacío como muros de cárcel, el cielo ciérnese como curva guadaña sobre mi frente.(…)

Versión de Otto de Greiff