¡Ay tú, siempre lejana! (Tu cuerpo poseído me parece aún intacto.) ¡Ay, tu sonrisa esquiva! ¡Ay, tus palabras vagas! Todo tan sin sentido (adorable, imposible!) que no eres tú, no es nada, es la nada lo que amo revestida de luces que en suave piel resbalan.
Desnúdate, ¿qué importa? Ya sólo sé morirme y no mirarte. Canto cierto nácar cambiante, deseo con mil nombres que aquí brilla variando, ternura, o llanto, o dicha, o -querida, querida, querida- no saber qué se dice, morir tu misma muerte, rozarte así imposible.