Ninfa

Ninfa

Se detiene en el borde del abismo y escucha, viniendo desde el fondo, rampante, dulce, densa, una serpiente alada, una música vaga.

Escapa por la suave pereza de su carne que en el fondo era fango, era ya tibia, y lenta, y latente, y sin forma; era como el dios de gran barba dormido junto al río en la siesta, junto a ella en la noche carnal y sofocada de junio con olores.

Y escucha temblorosa, apaga una tras otra penúltimas preguntas, y duerme, se hunde, duerme en brazos de un gran dios de pelo duro y rojo, divino Pan: un dios hecho bestia que huele.