Ya que el amor que brinda nuestra esfera no consigue aplacar en el artista ese orgullo viril que no tolera ni el rastro de una sombra pasajera, que pueda oscurecerle su conquista;
ya que la hembra, para siempre impura, su vergonzosa herida siempre abierta llevará, en el orbe sin ventura nunca hallaré la femenil criatura jamás por los humanos descubierta;
hoy el poder oculto de mi sueño, por atediarme sin piedad evoca, como un refugio, con tenaz empeño, a la amada de todos, al risueño numen que a todo amor tendió su boca,
ya en los mórbidos lechos perfumados o las encrucijadas del camino, donde por la pasión arrebatados acudieron marinos y soldados inmundos, tambaleándose de vino;
la que en el amplio lecho de caoba fue de duques y príncipes un día, y entre el tibio silencio de la alcoba su veneno letal, pérfida loba, en las más ricas sangres infundía.
Ella que del afeite con los brillos restauró su mejilla fatigada y consteló su pecho de cintillos de eterna claridad, y con anillos hizo su mano exangüe más pesada.
Por todas partes de caricias llena y gozada de todos, del mendigo y el amo que a sus gracias se encadena, para mí su beldad, venga conmigo la última flor de tu jardín, ¡oh Helena!
Todo el encanto de la edad pasada, con sus dulces misterios soberanos, la circuyen de luz, como a la amada que ante los muros de llión sagrada vieron resplandeciente los troyanos.
A esa amaré, sobre su carne impura recogeré todo el deseo terreno, todo el amor conoceré del mundo, por sus ojos veré la nada oscura, y entre la gruta estéril de su seno oiré latir su corazón profundo.
Y besaré sus manos, esa mano experta que en la faz de los pilotos acarició con mimo soberano la barba de que en día ya lejano se cubrieron en piélagos ignotos;
o lentas erizaron con blandura los cabellos de algún meditabundo, si rendido de sueño por la altura de los grandes silencios, sombra pura divagaba su espíritu errabundo.
Sus manos besaré do inmateriales palideces fijaron los ungüentos, y besaré sus dedos musicales que vertieron tal vez las inmortales cadencias de una lira por los vientos
de Helenia, o en tus playas rumorosas ¡oh Lesbos! donde en vívida maceta embalsamaban las desnudas rosas a las tiernas amigas voluptuosas de Safo, los cabellos de violeta. Las venas más azules de sus brazos las besaré con ávida locura, y, en silencio, mis férvidos abrazos a aquella boca de divinos trazos arrancaránle la palabra impura,
más lasciva que el beso; del olvido rescataré los nombres delirantes con que arrulló mil veces el oído, entre un grito de gozo y un gemido, en horas de pasión a sus amantes.
Y entre sus labios de encendida grana beberé lentamente, gota a gota, el jugo de la blonda cortesana, do gustaré la esencia más remota que perfume la selva más lejana.
Y la amaré, sobre su carne impura recogeré todo el deseo terreno, todo el amor conoceré del mundo, por sus ojos veré la nada oscura, y entre la gruta estéril de su seno oiré latir su corazón profundo.
Versión de Guillermo Valencia