La persiana, sin cerrar del todo, como un sobresalto que se contiene para no caer al suelo, no nos separa del aire. Mira, se abren treinta y siete horizontes rectos y delgados, pero el corazón los olvida. Sin nostalgia se nos va muriendo la luz, que era de color de miel, y que ahora es de color de olor a manzana. Qué lento, el mundo; qué lento, el mundo; qué lenta, la pena por las horas que se van tan aprisa. Di, ¿recuerdas esta estancia, verdad? «Le tengo mucho cariño. Esas voces de obreros -¿Quiénes son?» Albañiles: falta una casa en la manzana. «Cantan, y hoy no los oigo. Gritan, ríen, y hoy, que callan, los echo a faltar.» Qué lentas, las hojas rojas de las voces, qué inciertas cuando vienen a cubrirnos. Dormidas, las hojas de mis besos van cubriendo los refugios de tu cuerpo, y mientras olvidas las hojas altas del verano, los días abiertos y sin besos, el cuerpo, en lo hondo, recuerda: todavía tienes la piel hecha de sol y luna. Versión de José Corredor-Matheos