Es verdad, no es un cuento; hay un Ángel Guardián que te toma y te lleva como el viento y con los niños va por donde van.
Tiene cabellos suaves que van en la venteada, ojos dulces y graves que te sosiegan con una mirada y matan miedos dando claridad. (No es un cuento, es verdad.)
El tiene cuerpo, manos y pies de alas y las seis alas vuelan o resbalan, las seis te llevan de su aire batido y lo mismo te llevan de dormido.
Hace más dulce la pulpa madura que entre tus labios golosos estruja; rompe a la nuez su taimada envoltura y es quien te libra de gnomos y brujas.
Es quien te ayuda a que cortes las rosas, que están sentadas en trampas de espinas, el que te pasa las aguas mañosas y el que te sube las cuestas más pinas.
La encina
A la maestra Señorita Brígida Walker.
I ESTA alma de mujer viril y delicada, dulce en la gravedad, severa en el amor, es una encina espléndida de sombra perfumada, por cuyos brazos rudos trepara un mirto en flor.
Pasta de nardos suaves, pasta de robles fuertes, le amasaron la carne rosa del corazón, y aunque es altiva y recia, si miras bien adviertes un temblor en sus hojas que es temblor de emoción.
Dos millares de alondras el gorjeo aprendieron en ella, y hacia todos los vientos se esparcieron para poblar los cielos de gloria. ¡Noble encina,
déjame que te bese en el tronco llagado, que con la diestra en alto, tu macizo sagrado largamente bendiga, como hechura divina!
II El peso de los nidos ¡fuerte! no te ha agobiado. Nunca la dulce carga pensaste sacudir. No ha agitado tu fronda sensible otro cuidado que el ser ancha y espesa para saber cubrir.
La vida (un viento) pasa por tu vasto follaje como un encantamiento, sin violencia, sin voz; la vida tumultuosa golpea en tu cordaje con el sereno ritmo que es el ritmo de Dios.
De tánto albergar nido, de tánto albergar canto, de tánto hacer tu seno aromosa tibieza, de tánto dar servicio, y tánto dar amor,
todo tu leño heroico se ha vuelto, encina, santo. Se te ha hecho en la fronda inmortal la belleza, ¡y pasará el otoño sin tocar tu verdor!
III ¡Encina, noble encina, yo te digo mi canto! Oue nunca de tu tronco mane amargor de llanto, que delante de ti prosterne el leñador de la maldad humana, sus hachas; y que cuando el rayo de dios hiérate, para ti se haga blando y ancho como tu seno, el seno del Señor!