Le he encontrado en el sendero. No turbó su ensueño el agua ni se abrieron más las rosas. Abrió el asombro mi alma. ¡Y una pobre mujer tiene su cara llena de lágrimas!
Llevaba un canto ligero en la boca descuidada, y al mirarme se le ha vuelto grave el canto que entonaba. Miré la senda, la hallé extraña y como soñada. ¡Y en el alba de diamante tuve mi cara con lágrimas!
Siguió su marcha cantando y se llevó mis miradas…
Detrás de él no fueron más azules y altas las salvias. ¡No importa! Quedó en el aire estremecida mi alma. ¡Y aunque ninguno me ha herido tengo la cara con lágrimas!
Esta noche no ha velado como yo junto a la lámpara; como él ignora, no punza su pecho de nardo mi ansia; pero tal vez por su sueño pase un olor de retamas, ¡porque una pobre mujer tiene su cara con lágrimas!
Iba sola y no temía; con hambre y sed no lloraba; desde que lo vi cruzar, mi Dios me vistió de llagas.
Mi madre en su lecho reza por mí su oración confiada. ¡Pero yo tal vez por siempre tendré mi cara con lágrimas!
Escóndeme
Escóndeme que el mundo no me adivine. Escóndeme como el tronco su resina, y que yo te perfume en la sombra, como la gota de goma, y que te suavice con ella, y los demás no sepan de dónde viene tu dulzura…
Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas de su sitio; como las raíces abandonadas sobre el suelo.
¿Por qué no soy pequeña como la almendra en el hueso cerrado?
¡Bébeme! ¡Hazme una gota de tu sangre, y subiré a tu mejilla, y estaré en ella como la pinta vivísima en la hoja de la vid. Vuélveme tu suspiro, y subiré y bajaré de tu pecho, me enredaré en tu corazón, saldré al aire para volver a entrar. Y estaré en este juego toda la vida.
Éxtasis
Ahora, Cristo, bájame los párpados, pon en la boca escarcha, que están de sobra ya todas las horas y fueron dichas todas las palabras.
Me miró, nos miramos en silencio mucho tiempo, clavadas, como en la muerte, las pupilas. Todo el estupor que blanquea las caras en la agonía, albeaba nuestros rostros. ¡Tras de ese instante, ya no resta nadar!
Me habló convulsamente; le hablé, rotas, cortadas de plenitud, tribulación y angustia, las confusas palabras. Le hablé de su destino y mi destino, amasijo fatal de sangre y lágrimas.
Después de esto ¡lo sé! no queda nada! ¡Nada! Ningún perfume que no sea diluido al rodar sobre mi cara.
Mi oído está cerrado, mi boca está sellada. ¡Qué va a tener razón de ser ahora para mis ojos en la tierra pálida! ¡ni las rosas sangrientas ni las nieves calladas!
Por eso es que te pido, Cristo, al que no clamé de hambre angustiada: ¡ahora, para mis pulsos, y mis párpados baja!
Defiéndeme del viento la carne en que rodaron sus palabras; líbrame de la luz brutal del día que ya viene, esta imagen. Recíbeme, voy plena, ¡tan plena voy como tierra inundada!
Íntima
Tú no oprimas mis manos. Llegará el duradero tiempo de reposar con mucho polvo y sombra en los entretejidos dedos.
Y dirías: -“No puedo amarla, porque ya se desgranaron como mieses sus dedos.”
Tú no beses mi boca. Vendrá el instante lleno de luz menguada, en que estaré sin labios sobre un mojado suelo.
Y dirías: -“La amé, pero no puedo amarla más, ahora que no aspira el olor de retamas de mi beso.
Y me angustiara oyéndote, y hablaras loco y ciego, que mi mano será sobre tu frente cuando rompan mis dedos, y bajará sobre tu cara llena de ansia mi aliento.
No me toques, por tanto. Mentiría al decir que te entrego mi amor en estos brazos extendidos, en mi boca, en mi cuello, y tú, al creer que lo bebiste todo, te engañarías como un niño ciego.
Porque mi amor no es solo esta gavilla reacia y fatigada de mi cuerpo, que tiembla entera al roce del cilicio y que se me rezaga en todo vuelo.
Es lo que está en el beso, y no es el labio; lo que rompe la voz, y no es el pecho: ¡es un viento de Dios, que pasa hendiéndome el gajo de las carnes, volandero!
La abandonada
A Emma Godoy
Ahora voy a aprenderme el país de la acedía, y a desaprender tu amor que era la sola lengua mía, como río que olvidase lecho, corriente y orillas.
¿Por qué trajiste tesoros si el olvido no acarrearías? Todo me sobra y yo me sobro como traje de fiesta para fiesta no habida; ¡tanto, Dios mío, que me sobra mi vida desde el primer día!
Denme ahora las palabras que no me dio la nodriza. Las balbucearé demente de la sílaba a la sílaba: palabra “expolio”, palabra “nada”, y palabra “postrimería”, ¡aunque se tuerzan en mi boca como las víboras mordidas!
Me he sentado a mitad de la Tierra, amor mío, a mitad de la vida, a abrir mis venas y mi pecho, a mondarme en granada viva, y a romper la caoba roja de mis huesos que te querían.
Estoy quemando lo que tuvimos: los anchos muros, las altas vigas, descuajando una por una las doce puertas que abrías y cegando a golpes de hacha el aljibe de la alegría.
Voy a esparcir, voleada, la cosecha ayer cogida, a vaciar odres de vino y a soltar aves cautivas; a romper como mi cuerpo los miembros de la “masía” y a medir con brazos altos la parva de las cenizas.
¡Cómo duele, cómo cuesta, cómo eran las cosas divinas, y no quieren morir, y se quejan muriendo, y abren sus entrañas vívidas! Los leños entienden y hablan, el vino empinándose mira y la banda de pájaros sube torpe y rota como neblina.
Venga el viento, arda mi casa mejor que bosque de resinas; caigan rojos y sesgados el molino y la torre madrina. ¡Mi noche, apurada del fuego, mi pobre noche no llegue al día!
La flor del aire
Yo la encontré por mi destino, de pie a mitad de la pradera, gobernadora del que pase, del que le hable y que la vea.
Y ella me dijo: “Sube al monte. Yo nunca dejo la pradera, y me cortas las flores blancas como nieves, duras y tiernas.”
Me subí a la ácida montaña, busqué las flores donde albean, entre las rocas existiendo medio dormidas y despiertas.
Cuando bajé, con carga mía, la hallé a mitad de la pradera, y fui cubriéndola frenética, con un torrente de azucenas.
Y sin mirarse la blancura, ella me dijo: “Tú acarrea ahora sólo flores rojas. Yo no puedo pasar la pradera.”
Trepe las penas con el venado, y busqué flores de demencia, las que rojean y parecen que de rojez vivan y mueran.
La medianoche
Fina, la medianoche. Oigo los nudos del rosal: la savia empuja subiendo a la rosa.
Oigo las rayas quemadas del tigre real: no le dejan dormir.
Oigo la estrofa de uno, y le crece en la noche como la duna.
Oigo a mi madre dormida con dos alientos. (Duermo yo en ella, de cinco años.)
Oigo el Ródano que baja y que me lleva como un padre ciego de espuma ciega.
Y después nada oigo sino que voy cayendo en los muros de Arlès llenos de sol…
La mujer fuerte
Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días, mujer de saya azul y de tostada frente, que en mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía vi abrir el surco negro en un abril ardiente.
Alzaba en la taberna, honda la copa impura el que te apegó un hijo al pecho de azucena, y bajo ese recuerdo, que te era quemadura, caía la simiente de tu mano, serena.
Segar te vi en enero los trigos de tu hijo, y sin comprender tuve en ti los ojos fijos, agrandados al par de maravilla y llanto.
Y el lodo de tus pies todavía besara, porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara ¡y aun te sigo en los surcos la sombra con mi canto!
La otra
Una en mí maté: yo no la amaba.
Era la flor llameando del cactus de montaña; era aridez y fuego; nunca se refrescaba.
Piedra y cielo tenía a pies y a espaldas y no bajaba nunca a buscar «ojos de agua».
Donde hacía su siesta, las hierbas se enroscaban de aliento de su boca y brasa de su cara.
En rápidas resinas se endurecía su habla, por no caer en linda presa soltada.
Doblarse no sabía la planta de montaña, y al costado de ella, yo me doblaba…
La dejé que muriese, robándole mi entraña. Se acabó como el águila que no es alimentada.
Sosegó el aletazo, se dobló, lacia, y me cayó a la mano su pavesa acabada…
Por ella todavía me gimen sus hermanas, y las gredas de fuego al pasar me desgarran.
Cruzando yo les digo: -Buscad por las quebradas y haced con las arcillas otra águila abrasada.
Si no podéis, entonces, ¡ay! , olvidadla. Yo la maté. ¡Vosotras también matadla!
La sombra inquieta
Flor, flor de la raza mía, sombra inquieta, ¡qué dulce y terrible tu evocación! El perfil de éxtasis, llama la silueta, las sienes de nardo, l’habla de canción;
cabellera luenga de cálido manto, pupilas de ruego, pecho vibrador; ojos hondos para albergar más llanto; pecho fino donde taladrar mejor.
Por suave, por alta, por bella ¡precita! fatal siete veces; fatal ¡pobrecita! por la honda mirada y el hondo pensar.
¡Ay! quien te condene, vea tu belleza, mire el mundo amargo, mida tu tristeza, ¡y en rubor cubierto rompa a sollozar!
II ¡Cuánto río y fuente de cuenca colmada, cuánta generosa y fresca merced de aguas, para nuestra boca socarrada! ¡Y el alma, la huérfana, muriendo de sed!
Jadeante de sed, loca de infinito, muerta de amargura, la tuya, en clamor, dijo su ansia inmensa por plegaria y grito: ¡Agar desde el vasto yermo abrasador!
Y para abrevarse largo, largo, largo, Cristo dio a tu cuerpo silencio y letargo, y lo apegó a su ancho caño saciador…
El que en maldecir tu duda se apure, que puesta la mano sobre el pecho jure: -“Mi fe no conoce zozobra, Señor”.
III Y ahora que su planta no quiebra la grama de nuestros senderos, y en el caminar notamos que falta, tremolante llama, su forma, pintando de luz el solar,
cuantos la quisimos abajo, apeguemos la boca a la tierra, y a su corazón, vaso de cenizas dulces, musitemos esta formidable interrogación:
¿Hay arriba tanta leche azul de lunas, tanta luz gloriosa de blondos estíos, tanta insigne y honda virtud de ablución
que limpien, que laven, que albeen las brunas manos que sangraron con garfios y en ríos ¡oh, Muerta! la carne de tu corazón?
Leñador
Quedó sobre las hierbas el leñador cansado, dormido en el aroma del pino de su hachazo. Tienen sus pies majadas las hierbas que pisaron. Le canta el dorso de oro y le sueñan las manos. Veo su umbral de piedra, su mujer y su campo. Las cosas de su amor caminan su costado; las otras que no tuvo le hacen como más casto, y el soñoliento duerme sin nombre, como un árbol.
El mediodía punza lo mismo que venablo. Con una rama fresca la cara le repaso. Se viene de él a mí su día como un canto y mi día le doy como pino cortado. Regresando, a la noche, por lo ciego del llano, oigo gritar mujeres al hombre retardado; y cae a mis espaldas y tengo en cuatro dardos nombre del que guardé con mi sangre y mi hálito.
Los sonetos de la muerte
1°. Del nicho helado…
Del nicho helado en que los hombres te pusieron, te bajaré a la tierra humilde y soleada. Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, y que hemos de soñar sobre la misma almohada.
Te acostaré en la tierra soleada con una dulcedumbre de madre para el hijo dormido, y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna al recibir tu cuerpo de niño dolorido.
Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas, y en la azulada y leve polvareda de luna, los despojos livianos irán quedando presos.
Me alejaré cantando mis venganzas hermosas, ¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna bajará a disputarme tu puñado de huesos!
2°. Este largo cansancio…
Este largo cansancio se hará mayor un día y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir arrastrando su masa por la rosada vía por donde van los hombres, contentos de vivir…
Sentirás que a tu lado cavan briosamente, que otra dormida llega a la quieta ciudad. Esperaré que me hayan cubierto totalmente… ¡y después hablaremos por una eternidad!
Sólo entonces sabrás el por qué, no madura para las hondas huesas tu carne todavía, tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir. Se hará luz en la zona de los sinos, oscura: sabrás que en nuestra alianza signo de astros había y, roto el pacto enorme, tenías que morir…
3°. Malas manos tomaron tu vida…
Malas manos tomaron tu vida desde el día en que, a una señal de astros, dejara su plantel nevado de azucenas. En gozo florecía. Malas manos entraron trágicamente en él.
Y yo dije al Señor: “Por las sendas mortales le llevan, ¡sombra amada que no saben guiar! ¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales o le hundes en el largo sueño que sabes dar!
“¡No le puedo gritar, no le puedo seguir! Su barca empuja un negro viento de tempestad. Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor”.
Se detuvo la barca rosa de su vivir… ¿Que no sé del amor, que no tuve piedad? ¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!
País de la ausencia
A Ribeiro Couto
País de la ausencia extraño país, más ligero que ángel y seña sutil, color de alga muerta, color de neblí, con edad de siempre, sin edad feliz.
No echa granada, no cría jazmín, y no tiene cielos ni mares de añil. Nombre suyo, nombre, nunca se lo oí, y en país sin nombre me voy a morir.
Ni puente ni barca me trajo hasta aquí, no me lo contaron por isla o país. Yo no lo buscaba ni lo descubrí.
Parece una fábula que yo me aprendí, sueño de tomar y de desasir. Y es mi patria donde vivir y morir.
Me nació de cosas que no son país; de patrias y patrias que tuve y perdí; de las criaturas que yo vi morir; de lo que era mío y se fue de mí.
Perdí cordilleras en donde dormí; perdí huertos de oro dulces de vivir; perdí yo las islas de caña y añil, y las sombras de ellos me las vi ceñir y juntas y amantes hacerse país.
Guedejas de nieblas sin dorso y cerviz, alientos dormidos me los vi seguir, y en años errantes volverse país, y en país sin nombre me voy a morir.
Riqueza
Tengo la dicha fiel y la dicha perdida: la una como rosa, la otra como espina. De lo que me robaron no fui desposeída: tengo la dicha fiel y la dicha perdida, y estoy rica de púrpura y de melancolía. ¡Ay, qué amante es la rosa y qué amada la espina! Como el doble contorno de dos frutas mellizas, tengo la dicha fiel y la dicha perdida….
Todas íbamos a ser reinas…
Todas íbamos a ser reinas, de cuatro reinos sobre el mar: Rosalía con Efigenia y Lucila con Soledad.
En el valle de Elqui, ceñido de cien montañas o de más, que como ofrendas o tributos arden en rojo y azafrán.
Lo decíamos embriagadas, y lo tuvimos por verdad, que seríamos todas reinas y llegaríamos al mar.
Con las trenzas de los siete años, y batas claras de percal, persiguiendo tordos huidos en la sombra del higueral.
De los cuatro reinos, decíamos, indudables como el Korán, que por grandes y por cabales alcanzarían hasta el mar.
Cuatro esposos desposarían, por el tiempo de desposar, y eran reyes y cantadores como David, rey de Judá.
Y de ser grandes nuestros reinos, ellos tendrían, sin faltar, mares verdes, mares de algas y el ave loca del faisán.
Y de tener todos los frutos, árbol de leche, árbol del pan, el guayacán no cortaríamos ni morderíamos metal.
Todas íbamos a ser reinas, y de verídico reinar; pero ninguna ha sido reina ni en Arauco ni en Copán…
Rosalía besó marino ya desposado con el mar, y al besador, en las Guaitecas, se lo comió la tempestad.
Soledad crió siete hermanos y su sangre dejó en su pan, y sus ojos quedaron negros de no haber visto nunca el mar.
En las viñas de Montegrande, con su puro seno candeal, mece los hijos de otras reinas y los suyos nunca-jamás.
Efigenia cruzó extranjero en las rutas, y sin hablar, le siguió, sin saberle nombre, porque el hombre parece el mar.
Y Lucila, que hablaba a río, a montaña y cañaveral, en las lunas de la locura recibió reino de verdad.
En las nubes contó diez hijos y en los salares su reinar, en los ríos ha visto esposos y su manto en la tempestad.
Pero en el valle de Elqui, donde son cien montañas o son más, cantan las otras que vinieron y las que vienen cantarán:
«En la tierra seremos reinas, y de verídico reinar, y siendo grandes nuestros reinos, llegaremos todas al mar».
Vergüenza
Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa como la hierba a que bajó el rocío, y desconocerán mi faz gloriosa las altas cañas cuando baje el río.
Tengo vergüenza de mi boca triste, de mi voz rota y mis rodillas rudas. Ahora que me miraste y que viniste, me encontré pobre y me palpé desnuda.
Ninguna piedra en el camino hallaste más desnuda de luz en la alborada que esta mujer a la que levantaste, porque oíste su canto, la mirada.
Yo callaré para que no conozcan, mi dicha los que pasan por el llano, en el fulgor que da a mí frente tosca y en la tremolación que hay en mi mano…
Es noche y baja a la hierba el rocío; mírame largo y habla con ternura, ¡que mañana al descender al río la que besaste llevará hermosura!
Volverlo a ver
¿Y nunca, nunca más, ni en noches llenas de temblor de astros, ni en las alboradas vírgenes, ni en las tardes inmoladas?
¿Al margen de ningún sendero pálido, que ciñe el campo, al margen de ninguna fontana trémula, blanca de luna?
¿Bajo las trenzaduras de la selva, donde llamándolo me ha anochecido, ni en la gruta que vuelve mi alarido?
¡Oh, no! ¡Volverlo a ver, no importa dónde, en remansos de cielo o en vórtice hervidor, bajo unas lunas plácidas o en un cárdeno horror!
¡Y ser con él todas las primaveras y los inviernos, en un angustiado nudo, en torno a su cuello ensangrentado!
Yo canto lo que tú amabas, vida mía…
Yo canto lo que tú amabas, vida mía, por si te acercas y escuchas, vida mía, por si te acuerdas del mundo que viviste, al atardecer yo canto, sombra mía.
Yo no quiero enmudecer, vida mía. ¿Cómo sin mi grito fiel me hallarías? ¿Cuál señal, cuál me declara, vida mía?
Soy la misma que fue tuya, vida mía. Ni lenta ni trascordada ni perdida. Acude al anochecer, vida mía; ven recordando un canto, vida mía, si la canción reconoces de aprendida y si mi nombre recuerdas todavía.
Te espero sin plazo ni tiempo. No temas noche, neblina ni aguacero. Acude con sendero o sin sendero. Llámame a donde tú eres, alma mía, y marcha recto hacia mí, compañero.