A la maestra Señorita Brígida Walker.
I ESTA alma de mujer viril y delicada, dulce en la gravedad, severa en el amor, es una encina espléndida de sombra perfumada, por cuyos brazos rudos trepara un mirto en flor.
Pasta de nardos suaves, pasta de robles fuertes, le amasaron la carne rosa del corazón, y aunque es altiva y recia, si miras bien adviertes un temblor en sus hojas que es temblor de emoción.
Dos millares de alondras el gorjeo aprendieron en ella, y hacia todos los vientos se esparcieron para poblar los cielos de gloria. ¡Noble encina,
déjame que te bese en el tronco llagado, que con la diestra en alto, tu macizo sagrado largamente bendiga, como hechura divina!
II El peso de los nidos ¡fuerte! no te ha agobiado. Nunca la dulce carga pensaste sacudir. No ha agitado tu fronda sensible otro cuidado que el ser ancha y espesa para saber cubrir.
La vida (un viento) pasa por tu vasto follaje como un encantamiento, sin violencia, sin voz; la vida tumultuosa golpea en tu cordaje con el sereno ritmo que es el ritmo de Dios.
De tánto albergar nido, de tánto albergar canto, de tánto hacer tu seno aromosa tibieza, de tánto dar servicio, y tánto dar amor,
todo tu leño heroico se ha vuelto, encina, santo. Se te ha hecho en la fronda inmortal la belleza, ¡y pasará el otoño sin tocar tu verdor!
III ¡Encina, noble encina, yo te digo mi canto! Oue nunca de tu tronco mane amargor de llanto, que delante de ti prosterne el leñador de la maldad humana, sus hachas; y que cuando el rayo de dios hiérate, para ti se haga blando y ancho como tu seno, el seno del Señor!
A Francis de Miomandre
Habla con dejo de sus mares bárbaros, con no sé qué algas y no sé qué arenas; reza oración a dios sin bulto y peso, envejecida como si muriera. Ese huerto nuestro que nos hizo extraño, ha puesto cactus y zarpadas hierbas.
Alienta del resuello del desierto y ha amado con pasión de que blanquea, que nunca cuenta y que si nos contase sería como el mapa de otra estrella.
Vivirá entre nosotros ochenta años, pero siempre será como si llega, hablando lengua que jadea y gime y que le entienden sólo bestezuelas. Y va a morirse en medio de nosotros, en una noche en la que más padezca, con sólo su destino por almohada, de una muerte callada y extranjera.
Yo la encontré por mi destino, de pie a mitad de la pradera, gobernadora del que pase, del que le hable y que la vea.
Y ella me dijo: «Sube al monte. Yo nunca dejo la pradera, y me cortas las flores blancas como nieves, duras y tiernas.»
Me subí a la ácida montaña, busqué las flores donde albean, entre las rocas existiendo medio dormidas y despiertas.
Cuando bajé, con carga mía, la hallé a mitad de la pradera, y fui cubriéndola frenética, con un torrente de azucenas.
Y sin mirarse la blancura, ella me dijo: «Tú acarrea ahora sólo flores rojas. Yo no puedo pasar la pradera.»
Trepe las penas con el venado, y busqué flores de demencia, las que rojean y parecen que de rojez vivan y mueran.