La flor del aire

La flor del aire

Yo la encontré por mi destino, de pie a mitad de la pradera, gobernadora del que pase, del que le hable y que la vea.

Y ella me dijo: «Sube al monte. Yo nunca dejo la pradera, y me cortas las flores blancas como nieves, duras y tiernas.»

Me subí a la ácida montaña, busqué las flores donde albean, entre las rocas existiendo medio dormidas y despiertas.

Cuando bajé, con carga mía, la hallé a mitad de la pradera, y fui cubriéndola frenética, con un torrente de azucenas.

Y sin mirarse la blancura, ella me dijo: «Tú acarrea ahora sólo flores rojas. Yo no puedo pasar la pradera.»

Trepe las penas con el venado, y busqué flores de demencia, las que rojean y parecen que de rojez vivan y mueran.

Meciendo

El mar sus millares de olas mece divino. Oyendo a los mares amantes, mezo a mi niño.

El viento errabundo en la noche mece los trigos. Oyendo a los vientos amantes, mezo a mi niño.

Dios Padre sus miles de mundos mece sin ruido. Sintiendo su mano en la sombra, mezo a mi niño.

Mientras baja la nieve

Ha bajado la nieve, divina criatura, el valle a conocer . Ha bajado la nieve, esposa de la estrella. ¡Mirémosla caer!

¡Dulce! Llega sin ruido, como los suaves seres que recelan dañar . Así baja la luna y así bajan los sueños. ¡Mirémosla bajar! ¡Pura! Mira tu valle cómo lo está bordando de su ligero azahar . Tiene unos dulces dedos, tan leves y sutiles, que rozan sin rozar. ¡Bella! ¿No te parece que sea el don magnífico de un alto Donador? Detrás de las estrechas su ancho peplo de seda desgaja sin rumor. Déjala que en la frente te diluya su pluma y te prenda su flor. ¡Quién sabe si no trae un mensaje a los hombres, de parte del Señor!

Volverlo a ver

¿Y nunca, nunca más, ni en noches llenas de temblor de astros, ni en las alboradas vírgenes, ni en las tardes inmoladas?

¿Al margen de ningún sendero pálido, que ciñe el campo, al margen de ninguna fontana trémula, blanca de luna?

¿Bajo las trenzaduras de la selva, donde llamándolo me ha anochecido, ni en la gruta que vuelve mi alarido?

¡Oh, no! ¡Volverlo a ver, no importa dónde, en remansos de cielo o en vórtice hervidor, bajo unas lunas plácidas o en un cárdeno horror!

¡Y ser con él todas las primaveras y los inviernos, en un angustiado nudo, en torno a su cuello ensangrentado!