¡Amor!

¡Amor!

¡Oh eterno Amor, que en tu inmortal carrera, das a los seres vida y movimiento, con qué entusiasta admiración te siento, aunque invisible, palpitar doquiera! Esclava tuya la creación entera, se estremece y anima con tu aliento, y es tu grandeza tal, que el pensamiento te proclamara Dios, si Dios no hubiera. Los impalpables átomos combinas con tu soplo magnético y fecundo: tú creas, tú transformas, tú iluminas, y en el cielo infinito, en el profundo mar, en la tierra atónita dominas, ¡Amor, eterno Amor, alma del mundo!

Septiembre de 1872