I La generosa musa de Quevedo desbordose una vez como un torrente y exclamó llena de viril denuedo: «No he de callar, por más que con el dedo, ya tocando los labios, ya la frente, silencio avises o amenaces miedo».
II Y al estampar sobre la herida abierta el hierro de su cólera encendido, tembló la concusión, que siempre alerta, incansable y voraz, labra su nido, como gusano ruin en carne muerta, en todo Estado exánime y podrido.
III Arranque de dolor, de ese profundo dolor que se concentra en el misterio y huye amargado del rumor del mundo, fue su sangrienta sátira cauterio que aplicó sollozando al patrio imperio, mísero, gangrenado y moribundo.
IV ¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira que con Quevedo descendió a la tumba, en medio de esta universal mentira, de este viento de escándalo que zumba, de este fétido hedor que se respira, de esta España moral que se derrumba;
V de la viva y creciente incertidumbre que en lucha estéril nuestra fuerza agota; del huracán de sangre que alborota el mar de la revuelta muchedumbre; de la insaciable y honda podredumbre que el rostro y la conciencia nos azota;
VI de este horror, de este ciego desvarío que cubre nuestras almas con un velo, como el sepulcro, impenetrable y frío; de este insensato pensamiento impío que destituye a Dios, despuebla el cielo y precipita el mundo en el vacío;
VII si en medio de esta borrascosa orgía que infunde repugnancia al par que aterra esa lira estallara, ¿qué sería? Grito de indignación, canto de guerra, que en las entrañas mismas de la tierra la muerta humanidad conmovería.
VIII Mas porque el gran satírico no aliente, ¿ha de haber quien contemple y autorice tanta degradación, indiferente? «¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»
IX ¡Cuántos sueños de gloria evaporados como las leves gotas de rocío que apenas mojan los sedientos prados! ¡Cuánta ilusión perdida en el vacío, y cuántos corazones anegados en la amarga corriente del hastío!
X No es la revolución raudal de plata que fertiliza la extendida vega: es sorda inundación que se desata. No es viva luz que se difunde grata, sino confuso resplandor que ciega y tormentoso vértigo que mata.
XI Al menos en el siglo desdichado que aquel ilustre y vigoroso vate con el rayo marcó de su censura, podía el corazón atribulado salir ileso del mortal combate en alas de la fe radiante y pura.
XII Y apartando la vista de aquel cieno social, de aquellos fétidos despojos, de aquel lúbrico y torpe desenfreno, fijar llorando sus ardientes ojos, en ese cielo azul, limpio y sereno de santa paz y de esperanzas lleno.
XIII Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo hiere al César y a Dios. Sorda carcoma prepara el misterioso cataclismo; y como en tiempos de la antigua Roma, todo cruje, vacila y se desploma en el cielo, en la tierra, en el abismo.
XIV Perdida en tanta soledad la calma, de noche eterna el corazón cubierto, la gloria, muda, desolada el alma, en este pavoroso desconcierto se eleva la razón, como la palma que crece triste y sola en el desierto.
XV ¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria mayor? ¿Dónde más hondo desconsuelo? ¿De qué la sirve desgarrar el velo que envuelve y cubre la vivaz materia, y con profundo inextinguible anhelo sondar la tierra, escudriñar el cielo;
XVI entregarse a merced del torbellino y en la duda incesante que la aqueja. el secreto inquirir de su destino; si a cada paso que adelanta, deja su fe inmortal, como el vellón la oveja, enredada en las zarzas del camino?
XVII ¿Si a su culpada humillación se adhiere con la constancia infame del beodo, que goza en su abyección, y en ella muere? ¿Si ciega, y torpe, y degradada en todo, desconoce su origen y prefiere a descender de Dios, surgir del lodo?
XVIII ¡Libertad, libertad! No eres aquella virgen, de blanca túnica ceñida, que vi en mis sueños pudibunda y bella. No eres, no, la deidad esclarecida que alumbra con su luz, como una estrella, los lóbregos abismos de la vida.
XIX No eres la fuente de perenne gloria que dignifica el corazón humano y engrandece esta vida transitoria. No el ángel vengador que con su mano imprime en las espaldas del tirano el hierro enrojecido de la historia.
XX No eres la vaga aparición que sigo con hondo afán desde mi edad primera, sin alcanzarla nunca… Mas ¿qué digo? No eres la libertad, disfraces fuera, ¡licencia desgreñada, vil ramera del motín, te conozco y te maldigo!
XXI ¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía los humanos instintos se desborden con el rugido del volcán que estalla, y en medio del tumulto y la anarquía, como corcel indómito, el desorden no respete ni látigo ni valla.
XXII ¿Quién podrá detenerle en su carrera? ¿Quién templar los impulsos de la fiera y loca multitud enardecida, que principia a dudar y ya no espera hallar en otra luminosa esfera, bálsamo a los dolores de esta vida?
XXIII Como Cristo en la cúspide del monte, rotas ya sus morales ligaduras, mira doquier con ojos espantados, por toda la extensión del horizonte dilatarse a sus pies vastas llanuras, ricas ciudades, fértiles collados.
XXIV Y excitando su afán calenturiento tanta grandeza y tanto poderío, de la codicia el persuasivo acento grítale audaz: «¡El cielo está vacío! ¿A quién temer?» Y ronca y sin aliento la muchedumbre grita: «¡Todo es mío!»
XXV Y en el tumulto su puñal afila, y la enconada cólera que encierra enturbia y enardece su pupila, y ensordeciendo el aire en son de guerra hace temblar bajo sus pies la tierra, como las hordas bárbaras de Atila.
XXVI No esperéis que esa turba alborotada infunda nueva sangre generosa en las venas de Europa desmayada; ni que termine su fatal jornada, sobre el ara desierta y polvorosa otro Dios levantando con su espada.
XXVII No esperéis, no, que la confusa plebe, como santo depósito en su pecho nobles instintos y virtudes lleve. Hallará el mundo a su codicia estrecho, que es la fuerza, es el número, es el hecho brutal ¡es la materia que se mueve!
XXVIII Y buscará la libertad en vano, que no arraiga en los crímenes la idea, ni entre las olas fructifica el grano. Su castigo en sus iras centellea pronto a estallar, que el rayo y el tirano hermanos son. ¡La tempestad los crea!
25 de abril de 1870