Sus rodillas de piedra, sus mejillas frescas aún de la reciente alga; sus manos enterradas en la arcilla que el cuerpo oscuro hacia la luz cabalga;
y su testa nonata todavía, blanda silla de recóndita luz, de espera larga, fue ascendiendo detrás de la semilla ida del verbo a la región amarga.
Ciego era Adán cuando la augusta mano le impartió su humedad al rostro frío. Por el verbo del agua se hizo humano,
por el agua, que es llanto en desvarío, se fue mudando hacia el jardín cercano e incendió con su luz el astro frío.