¡Cómo el olvido ha ido destruyendo el mundo aquel que edificamos juntos! ¡Las abejas sonoras, los pastos, el estruendo del río bramador acorralado, los difuntos ecos del viento que partió gimiendo con tu enorme cadáver, y ardió los juncos con llama tan veloz que aún está ardiendo, con ceniza tan cruel que aún están truncos!
Donde hubo razón de frescos vinos, de panes floreciendo en la alborada, de reluciente fruto mantenido
en remotos estrados cristalinos, hoy sólo queda una sombra desgarrada y tus restos luchando con mi olvido.