A un muerto prematuro

A un muerto prematuro

Oh, él ángel negro, que furtivo salió del interior del árbol, cuando éramos dulces compañeros de juego en la tarde, al borde de la fuente azulada. Nuestro paso era sereno, los ojos redondos en la frescura parda del otoño. Oh, la dulzura púrpura de las estrellas.

Pero aquel bajó los pétreos escalones de Mönschberg con una sonrisa azul, y en la extraña crisálida de su más tranquila infancia murió. En el jardín quedó el rostro plateado del amigo atento en el follaje o en las antiguas rocas.

El alma cantó la muerte, la verde corrupción de la carne, e imperó el murmullo del bosque, la queja febril del animal. Siempre tañían desde torres las azules campanas de la tarde.

Llegó la hora en que aquel vio sombras en el sol púrpura, veladuras de podredumbre en el ramaje desnudo; en la tarde, cuando en el muro crepuscular cantó el mirlo, y el espíritu del muerto prematuramente apareció silencioso en la alcoba.

Oh, la sangre que fluye de la garganta del dios, flor azul; oh, las lágrimas ardientes lloradas en la noche. Nube dorada y tiempo. En solitario recinto hospedas con frecuencia al muerto. Y caminas en diálogo íntimo bajo los olmos bordeando el verde río.

Versión de Helmut Pfeiffer