Para Bessie Loos
Amaba el sol que purpúreo bajaba la colina, los caminos del bosque, el negro pájaro cantor y la alegría de lo verde.
Serio era su vivir a la sombra del árbol y puro su rostro. Dios habló como una suave llama a su corazón: ¡Hombre!
La ciudad halló su paso silencioso en el atardecer; pronunció la oscura queja de su boca: soñaba ser un jinete.
Pero le seguían animal y arbusto, la casa y el jardín de blancos hombres y su asesino lo asediaba.
Primavera y verano y el hermoso otoño del justo, su paso silencioso ante la alcoba sombría de los soñadores. De noche permanecía solo con su estrella.
Miró caer la nieve sobre el desnudo ramaje y la sombra del asesino en la penumbra del zaguán. Entonces rodó la cabeza plateada del no nacido aún. Versión de Helmut Pfeiffer