Por la tarde resuenan en los bosques otoñales las mortíferas armas, y en las llanuras áureas y en los lagos azules rueda el sol más oscuro. La noche abraza a los guerreros moribundos, irrumpe el lamento salvaje de sus bocas quebradas. Pero silenciosas en la pradera, rojas nubes que un dios airado habita convocan la sangre derramada, la frialdad lunar; y todos los caminos desembocan en negra podredumbre. Bajo el dorado ramaje de la noche y las estrellas vaga la sombra de la hermana por el bosque silencioso saludando las almas de los héroes, las cabezas sangrantes. Y en el cañaveral suenan las oscuras flautas del otoño. Oh, qué soberbio duelo, con altares de bronce; un terrible dolor nutre hoy la ardiente llama del espíritu, por los nietos que no han nacido aún. Versión de Helmut Pfeiffer