Tus ojos tienen el recóndito desmayo del nocturno horizonte, que nunca hiere el alba. Pero también irradian alegrías cuando recuerdas o presientes, y entonces resplandece tu mirada como el íntimo vuelo de una alondra en abril.
Y cuando ahora recorremos el camino donde nuestro amor halló su origen, las piedras de calles angostas, los monumentos altivos, las ruinas cansadas, la silenciosa lluvia, el hijo de una amiga soñando su histórica ciudad de provincia, espejan en su canción agitada la letanía feroz del tiempo, y cada vez más me iluminan tus ojos de nocturno horizonte, cuando la vida acucia con sus cielos y renunciamos al pan cotidiano a cambio de unas tazas gozosas de policromada arcilla, tazas que el agua convertirá en recuerdo.
Y entonces comprendo qué es la claridad del horizonte fiel de tus ojos, el horizonte oscuro de un amor que me asedia cada amanecer con una sonrisa, inmune al tránsito de la tristeza, de la harapienta tristeza del mundo.