Canto XV El sueño

Canto XV El sueño

El sueño Canto XV

Era el alba, y detrás de los postigos por el balcón el sol insinuaba la luz primera en mi cerrada alcoba; cuando en el tiempo que es más leve el sueño y más suave cubre las pupilas, junto a mí vino, y me miró ala cara el simulacro de la que primero el amor me enseñó, y me dejó el llanto. No parecía muerta, sino triste, con semblante infeliz. Con la derecha cogiendo mi cabeza y suspirando “¿Vives –me dijo– y guardas de nosotros algún recuerdo?” Respondí: “¿De dónde y cómo vienes, oh belleza? ¡Ah cuánto, cuánto pené por ti: yo no pensaba que pudieras saberlo, y esto hacía aún más desconsolado mi dolor. ¿Pero vas a dejarme una vez más? Lo temo mucho. Di, ¿qué te ha ocurrido? ¿eres tú la de ayer? ¿y qué te aflige eternamente?” “Ofusca la olvidanza tu pensamiento, y lo confunde el sueño -dijo-. Estoy muerta, y hace muchas lunas me viste por postrera vez”. Inmenso dolor el pecho me oprimió al oírlo. y prosiguió: “Morí en la flor del tiempo, cuando la vida es más hermosa, y antes que el corazón comprenda que son vanas las esperanzas. El mortal enfermo desea fácilmente a quien le libra de afanes; mas la muerte sin consuelo llega a la juventud, y es duro el hado de la esperanza extinta bajo tierra.

Vano es saber lo que a los inexpertos de la vida natura les esconde, y al saber inmaduro en mucho gana el dolor ciego.” “Oh cara, oh sin ventura, calla, calla -le dije- pues el pecho tu voz me rompe. ¿Así pues, estás muerta, oh mi dilecta; y yo estoy vivo? ¿el cielo ordenó pues que aquel sudor extremo este cuerpo tan tierno y tan querido probar debiera, y para mí quedaran enteros mis despojos? ¡Cuántas veces, al pensar que no vives y que nunca te volveré a encontrar en este mundo, no lo puedo creer! Ay, ay ¿qué es esto llamado muerte? ¡Si hoy por experiencia lo supiese, e inerme la cabeza sustrajera a los odios del destino! Soy joven, mas se pierde y se consume mi juventud igual que la vejez que aún está lejos, pero que me espanta. Pero de la vejez poco difiere de mis años la flor.” “Los dos nacimos -dijo- para llorar; a nuestra vida la dicha no rió; y se gozó el cielo con nuestras penas.” “Si de llanto el párpado -añadí- y mi semblante emblanquecido por tu partida ahora, y si de angustia llevo el pecho cargado, di, ¿de amor ascua alguna, o piedad alguna vez hacia el mísero amante ardió en tu pecho cuando vivías? Yo desesperando y esperando pasaba día y noche entonces; y hoy se cansa en vanas dudas mi mente. Que si al menos una vez dolor sentiste de mi negra vida dímelo, te lo pido, y me socorra el recordar, pues de futuro privan a nuestros días”, y ella: “Oh desdichado, consuélate. Yo de piedad avara en vida no te fui, ni ahora lo soy, mísera yo también. No tengas queja de esta desgraciadísima muchacha.” “Por nuestra desventura, y el amor que me oprime –exclamé– por el querido nombre de juventud, y la perdida esperanza, permíteme, oh amada, que tu derecha toque.” y con un gesto triste y suave me la dio, y al tiempo que de besos la cubro, y de afanosa dulzura palpitando a mi anhelante seno la aprieto, de sudor hervían pecho y rostro, la voz se me cortaba, y vacilaba el día ante mis ojos. Cuando ella tiernamente su mirada fijó en la mía, “ ¿Olvidas, oh querido, -dijo- que estoy desnuda de belleza? y tú de amor en vano, oh desdichado, tiemblas y ardes, y ahora, al fin, adiós. Nuestros cuerpos y mentes se separan eternamente. Para mí no vives y nunca vivirás. Ya rompió el hado tu fe jurada.” Entonces con angustia yendo a llorar, y delirando, henchidas las pupilas de llanto sin consuelo, dejé el sueño. Mas ella sin embargo quedó en mis ojos. Y en el rayo incierto del sol me pareció seguirla viendo.

Versión de Luis Martínez de Merlo