Canto XVIII A su dama

Canto XVIII A su dama

A su dama Canto XVIII

Cara beldad que, ausente, amor me inspiras, o escondiendo el rostro salvo que el alma ardiente en el sueño tu sombra no sorprenda, o en el campo en que esplenda mas claro el día y la creación más pura, ¿acaso el inocente Siglo de Oro colmaste ventura, y eres en esta vida alado espíritu, u ocultándote ahora suerte avara para futuras horas te prepara?

Poder mirarte viva mi corazón no espera, sino en el día en que desnuda y sola por nueva ruta a peregrina esfera b marche mi alma. En el albor primero de mi jornada incierta y tenebrosa, te imaginé viajera, por el árido mundo. Mas no hay cosa que aquí se te asemeje, y aunque alguna recordase tu rostro, nunca fuera en actos y en palabras tan hermosa.

Entre tantos dolores como a la vida humana ofrece el hado, si verdadera y cual te pinta el alma te amase algún mortal, para él sería el vivir más preciado. Bien claro veo que tu amor me haría, cual en los verdes años, todavía ansiar gloria y virtud. En vano el cielo esquivo se mostrara a mis afanes; que al lado tuyo este mortal camino fuera un sueño divino.

Por los valles, que escuchan del laborioso agricultor el canto, y donde me lamento mientras huye, el ilusorio y juvenil encanto, y por las cumbres, en que evoco y lloro los deseos sin fruto y de mi vida la perdida esperanza, en ti pensando comienzo a palpitar. ¡Ah si pudiera, en el ambiente tétrico y nefando del siglo, conservar tu imagen pura! ¡Ella sola endulzara mi amargura!

Si tú de las ideas eternales, eres una, de aquellas que de formas sensibles no vistió la eterna ciencia ni entre caducos restos soportan el dolor, de la existencia, o si acaso en el cielo donde giras otra tierra te acoge entre sus mundos, y más bella que el sol próxima estrella te alumbra, y más benigno éter aspiras, desde aquí, donde llora aquel que vive, de ignoto amante la canción recibe. Versión de Fernando Maristany