Yo imaginé que, íntegro, en mis años floridos el dulce afán faltaba de la primera edad ; el afán, el ternísimo latir del hondo pecho, todo lo que en el mundo hace grato el vivir.
¡Cuántas quejas y lágrimas vertí en el nuevo estado, cuando en mi pecho frío hasta el dolor faltó! Faltó el latido sólito, faltó el amor incluso, y endurecido el pecho cesó de suspirar.
Y lamenté lo exánime, desnudo de mi vida, la tierra desolada que el hielo recubrió ; yermo el día; la tácita noche oscura más sola ; la luna y las estrellas se ocultan para mí.
Causa de aquellas lágrimas era el afecto antiguo: aun en lo hondo del pecho vivía el corazón. Pedía sus imágenes la fantasía exhausta, y la tristeza mía era dolor aún.
A poco hasta aquel último dolor también moría, y ya de lamentarme fuí del todo incapaz. Postrado, loco, atónito, no demandé consuelo; el corazón, perdido, muerto, se abandonó.
¡Qué fuí! ¡Qué cambiadísimo está aquél que de ardores, de errores tan dichosos su alma alimentó! La golondrina rápida de mi ventana en torno cantando al nuevo día, no me causó placer,
ni en el otoño pálido en solitaria aldea la vespertina esquila, el fugitivo sol. Brillar en vano el véspero vi por mudos caminos; en vano el triste canto del ruiseñor oí.
Esos ojos dulcísimos, furtivos y errabundos, de amadores gentiles dulce amor inmortal, y esa mano que, cándida, se abandona en mi mano, disipar no pudieron mi penoso sopor.
De todo goce huérfano, triste, mas no aturdido, y plácido mi estado, serena era mi faz. Hubiera ansiado el término de la existencia mía, mas muerto era el deseo del laso corazón.
Como en la edad decrépita que avanza vil, desnuda, el abril conducía de mis años así ; pasaron ya los plácidos días, corazón mío, que, breves y fugaces, el cielo me otorgó. ¿Quién de la grave, incólume paz me despierta ahora? ¿ Qué virtud nueva es ésta, ésta que siento en mí? Movimientos, imágenes, latidos, dulces yerros, ¿para ellos cerrado mi corazón está?
¿Sois acaso la única luz de la vida mía, los afectos perdidos en la edad juvenil? Si el cielo, o verdes márgenes, dondequiera que mire, todo, dolor me inspira, todo, placer me da.
Bosques, playas, montículos conmigo a vivir tornan; con el mar y la fuente habla mi corazón. ¿Qué me torna las lágrimas después de tanto olvido? ¿Cómo el mundo aparece cambiado a mi mirar?
¿Es la esperanza, oh mísero corazón, que sonríe? ¡Ay, de esperanza el rostro nunca volveré a ver! Los engaños dulcísimos me dió naturaleza. Adormeció mis ansias la ingénita virtud.
No pudieron vencérmela ni el hado ni las cuitas, ni con su vista impura la infausta realidad. Con sus dulces imágenes ella no está de acuerdo; que la natura es sorda, no tiene compasión.
Que no es del bien solícita, mas sólo de la vida; sólo el dolor le importa e ignora lo demás. Sé que no encuentra el mísero piedad entre los hombres, y que, huyendo, se burla todo mortal de él.
Ignora la vil época la virtud y el ingenio; que falta al digno estudio la inútil gloria aún. Vosotros, ojos trémulos, tú, rayo sobrehumano, lucís inútilmente, no brilláis con amor.
Ningún ignoto e íntimo amor brilla en vosotros; no guarda una centella el blanco pecho en sí. De otros los ternísimos cuidados pone en juego, y de un fuego celeste desprecio es la merced.
En mí ya siento vívido el conocido engaño; de sus propios latidos se asombra el corazón. De ti sólo esta última energía procede; viene cualquier consuelo solamente de ti.
Siento que falta al ánima alta, gentil y pura, la natura, la suerte, el mundo y la beldad. Mas si tú vives, mísero, si no cedes al hado, no llames inclemente a aquel que te creó.
Versión de Diego Navarro