Los recuerdos Canto XXII
No pensé, bellas luces de la Osa, aún volver, cual solía, a contemplaros sobre el jardín paterno titilantes, y a hablaros acodado en la ventana de esta morada en que habité de niño, y donde vi el final de mi alegría. ¡Cuántas quimeras, cuántas fantasías creó antaño en mi mente vuestra vista y los astros vecinos! Por entonces, taciturno, sentado sobre el césped, me pasaba gran parte de la noche mirando el cielo, y escuchando el canto de la rana remota en la campiña. Y erraba la luciérnaga en los setos y en el parterre, al viento susurrando las sendas perfumadas, los cipreses, en el bosque; y oía alternas voces bajo el techo paterno, y el tranquilo quehacer de los criados, ¡y qué sueños, qué pensamientos me inspiró la vista de aquel lejano mar, de los azules montes que veo, y que cruzar un día pensaba, arcanos mundos, dicha arcana fingiendo a mi vivir! De mi destino ignorante, y de todas cuantas veces esta vida desnuda y dolorosa trocado a gusto hubiera con la muerte.
No supo el corazón que condenado sería a consumir el verde tiempo en mi pueblo salvaje, entre una gente zafia y vil, a la cual extraños nombres, si no causa de risas y de mofa, son doctrina y saber; que me odia y huye, no por envidia, pues que no me tiene por superior a ella, pero piensa que así me considero, aunque por fuera no doy a nadie nunca muestras de ello. Aquí paso los años, solo, oculto, sin vida y sin amor; y entre malévolos, en huraño a la fuerza me convierto, de piedad y virtudes me despojo, y con desprecio a los humanos miro, por la grey que me cerca; y mientras, vuela el tiempo juvenil, aún más querido que el laurel y la fama, que la pura luz matinal, y el respirar: te pierdo sin una dicha, inútilmente, en este inhumano lugar, entre las cuitas, ¡oh, única flor en esta vida yerma!
Viene el viento trayendo el son de la hora de la torre del pueblo. Sosegaba este son, lo recuerdo, siendo niño, mis noches, cuando en vela me tenían mis asiduos terrores en lo oscuro, y deseaba el alba. Aquí no hay nada que vea o sienta, donde alguna imagen no vuelva, o brote algún recuerdo dulce. Dulce por sí; mas con dolor se infiltra la idea del presente, un vano anhelo del pasado, aunque triste, y el decirme: “yo fui”. La galería vuelta al último rayo del día; los pintados muros, los fingidos rebaños, y el naciente sol sobre el campo a solas, en mis ojos mil deleites pusieron, cuando al lado mi error me hablaba poderoso, siempre, doquier me hallase. En estas viejas salas, al claror de la nieve, en torno a estas amplias ventanas al silbar del viento, resonaron los gozos, y mis voces joviales, cuando el agrio y el indigno misterio de las cosas de dulzura lleno se muestra; entera, sin mancilla el mozo, cual amante aún inexperto, va a su engañosa vida cortejando, y celeste beldad fingiendo admira.
¡Oh esperanzas aquellas; tierno engaño de mi primera edad! Siempre, al hablar, vuelvo a vosotras; que, aunque pase el tiempo, y aunque cambie de afectos y de ideas, no sé olvidaros. Sé que son fantasmas la gloria y el honor; placer y bienes mero deseo; estéril es la vida, miseria inútil. Y si bien vacíos están mis años, si desierto, oscuro es mi estado mortal, poco me quita, bien veo, la fortuna. Mas, a veces, os recuerdo, mis viejas esperanzas, y aquel querido imaginar primero; luego contemplo mi vivir tan mísero y tan doliente, y que la muerte es eso que con tanta esperanza hoy se me acerca; siento el pecho oprimido, que no sé de mi destino en nada consolarme, y cuando al fin esta invocada muerte esté a mi lado, y ya se acerque el fin de mi desdicha; cuando en valle extraño se convierta la tierra, y de mis ojos el futuro se escape, estad seguras de que os recordaré: y que suspirar me hará esta imagen, y el haber vivido en vano será amargo, y la dulzura del fatal día aliviará mis cuitas.
Ya en el primer tumulto juvenil de contentos, de angustias y deseos, llamé a la muerte en muchas ocasiones, y largo rato me senté en la fuente pensando en acabar dentro de su agua mi esperanza y dolor. Luego, por ciega enfermedad mi vida peligrando, lloré mi juventud, y de mis pobres días la flor caída antes de tiempo, y sentado a altas horas en mi lecho consciente, muchas veces, dolorido, bajo la débil lámpara rimando, lamenté, con la noche y el silencio, mi alma fugitiva, y a mí mismo exhausto me canté fúnebres cantos.
¿Quién puede recordaros sin suspiros, juventud que llegabas nueva, días hermosos, inefables, cuando al hombre extasiado sonríen las doncellas por vez primera; toda cosa en torno pugna por sonreír; calla la envidia, aún dormida o tal vez benigna; y casi (inusitada maravilla) el mundo su diestra mano tiende generosa, excusa sus errores, y festeja su entrar nuevo en la vida, y se le inclina mostrando que por amo lo recibe? ¡Días fugaces que como el relámpago se desvanecen! ¿y un mortal ajeno habrá de desventura, si pasada esta hermosa estación, si el tiempo bueno, su mocedad, ay mocedad, se extingue?
¡Oh Nerina! ¿y de ti no escucho acaso hablar a estos lugares? ¿De mi mente acaso te caíste? ¿Dónde has ido, que aquí de ti tan sólo la memoria, dulzura mía, encuentro? No te ve esta tierra natal: esta ventana en que hablarme solías, y que ahora triste luce a la luz de las estrellas, está desierta. ¿Dónde estás? ¿No escucho sonar tu voz, igual que en aquel día cuando me hacía algún lejano acento de tu labio, al llegarme, emblanquecer el rostro? En otros tiempos. Ya se fueron tus días, dulce amor. Pasaste. A otros hoy les toca pasar por esta tierra y habitar estas lomas perfumadas. Mas rápida pasaste; y como un sueño fue tu vida. Danzabas; en la frente te lucía la dicha, y en los ojos el confiado imaginar, el brillo de juventud, cuando sopló el destino, y yaciste. ¡Ay, Nerina! El viejo amor reina en mi pecho. Si es que a una tertulia o a alguna fiesta voy, para mí mismo digo: ¡oh Nerina!, ya no te aderezas, ya no acudes a fiestas ni a tertulias. Si vuelve mayo, y ramos y cantares los novios les van dando a las muchachas, digo: Nerina, para ti no vuelve nunca la primavera, amor no vuelve. Cada día sereno o florecido prado que miro, o gozo que yo siento digo: Nerina ya no goza; el aire y los campos no ve. ¡Pasaste, eterno mi suspirar! ¡Pasaste! Y compañera será ya de mis sueños, de mi tierno sentir, de las queridas y las tristes emociones, la amarga remembranza. Versión de Luis Martínez de Merlo