Canto XXV El sábado de la aldea

Canto XXV El sábado de la aldea

El sábado en la aldea Canto XXV

A la puesta del sol, la alegre niña torna de la campiña con su haz de yerba y el florido ramo en que lucen al par violeta y rosa, y que, inocente, apresta para adornar gozosa pecho y cabellos al llegar la fiesta. A par con la vecina siéntase a hilar en el umbral la anciana volviendo el rostro al astro que declina, y se transporta a la estación lejana cuando, aún fresca doncella, danzaba al terminarse la semana, con sus amigas de la edad más bella. El aire se obscurece, se matizan de azul los horizontes, y descienden las sombras de los montes cuando la luna cándida aparece. La torre de la villa la fiesta anuncia, y sus alegres sones bajan a confortar los corazones. Sobre la plaza la vivaz cuadrilla de rapaces gritando y aquí y allí saltando, alza rumor que anima y alboroza; mientras silbando el labrador regresa y sentado a su mesa con el descanso que prevé, se goza.

Cuando el silencio con la sombra crece y toda luz fenece, oigo el martillo que tenaz golpea en el taller, do el oficial se afana por dejar terminada la tarea antes de que despunte la mañana.

Este es de la semana el más hermoso y el postrero día. Mañana tornarán fastidio y pena, y a la habitual faena cada cual volverá como solía.

¡Jovencillo gracioso! Tu dulce edad florida es como un día de alborozo lleno, día claro y sereno, que precede a la fiesta de tu vida. ¡Goza, gózalo pues! Edad de flores, suave estación es esta: nada más te diré; pero no llores si se retarda tu anhelada fiesta. Versión de Antonio Gómez Restrepo