Canto XXVII Amor y muerte

Canto XXVII Amor y muerte

Amor y muerte Canto XXVII El amado del cielo muere joven Menandro

Hermanos a la vez creó la suerte al amor y a la muerte. Otras cosas tan bellas en el mundo no habrá ni en las estrellas. Nacen de aquél los bienes, los placeres mayores que en el mar de la vida el hombre halla; y todos los colores, todo mal borra ella. Bellísima doncella, de dulce ver, no como se la imagina la cobarde gente, al tierno Amor le hace compañía frecuente, y el camino mortal juntos recorren y a todo corazón más sabio que el herido de amor, ni que la vida infausta más desprecie, ni que por otro dueño como por éste los peligros busque; donde tu llama prende, amor, nace el aliento o se despierta; y su saber en obras, no, como suele, en pensamiento vano, muestra el linaje humano.

Cuando encendidamente nace dentro del alma un afecto amoroso, juntamente con él un misterioso lánguido anhelo de morir se siente; cómo, no sé; mas ésta es la primera señal del verdadero amor potente. Quizás a la vista entonces espanta este desierto; acaso espera el mortal que ha de hallar inhabitable la tierra sin aquella nueva, sola, infinita felicidad que su pensar figura; mas presintiendo el corazón por ella terrible tempestad, quietud ansía y refugio apetece, ante el fiero deseo que en torno ruge y todo lo oscurece.

Cuando lo envuelve todo la formidable fuerza y fulmina en el alma afán constante, ¡cuántas veces te implora con intenso deseo, oh dulce muerte, el dolorido amante! ¡Cuántas veces, oh, cuántas a la noche o al alba abandonándose rendido juzgó gran dicha que jamás pudiera despertar de su sueño ni ver la luz amarga nuevamente! Y al son a veces de la triste esquila, del canto que conduce a los que mueren al eterno olvido, con suspiros ardientes de lo íntimo del pecho envidia tuvo de aquel que bajo tierra a habitar iba. Hasta la tosca plebe, el labriego, que ignora toda virtud que del saber deriva, hasta la joven tímida y esquiva, que de la muerte al nombre sentía sus cabellos erizarse, contemplan ya la tumba y el sudario con un mirar de fortaleza lleno, y en hierro y en veneno meditan largamente, y aun en su indocta mente la gentileza del morir comprenden. Tanto a la muerte inclina de amor la disciplina. Y es frecuente que la interna pasión llegue a tal punto que la fuerza vital no se sostenga, y ceda el cuerpo frágil a la terrible lucha, y de esta suerte por fraterno poder triunfe la muerte, o tanto instigue amor en lo profundo del corazón que el tosco campesino y la tierna doncella con mano violenta su carne juvenil den a la tierra. Ríe entonces el mundo, al que el cielo vejez y paz consienta.

Al ferviente, al dichoso, al animoso ingenio conceda el hado alguno de vosotros, dulces dueños, amigos del humano linaje, cuyo poder no hay quien aventaje en el mundo, pues sólo la potencia del hado es superior a vuestra esencia. y tú, a quien ya desde mis verdes años honrando siempre invoco, bella muerte, piadosa tan sólo tú de la aflicción terrena, si celebrada fuiste alguna vez por mí, si del mezquino vulgo la ofensa a tu esplendor divino enmendar un día quise, no tardes más, mis ruegos vehementes escucha, ¡cierra mis ojos tristes para siempre a la luz, reina del tiempo! Me hallarás ciertamente, a cualquier hora en que tus alas hacia mí despliegues, levantada la frente, apercibido, resistiendo al destino; la mano que al herirme se colora con mi sangre inocente no he de colmar de elogios ni bendecir, cual hace por antigua ruindad la humana gente; toda vana esperanza en que se engañan como niños los hombres, todo necio consuelo desecharé, y a nadie en tiempo alguno, ¡oh muerte!, he de aguardar sino a ti sola; tan sólo el día esperaré sereno en que decline adormecido el rostro en tu virgíneo seno.

Versión de Fernando Maristany