Canto XXXI El retrato de una bella mujer esculpido en el monumento

Canto XXXI El retrato de una bella mujer esculpido en el monumento

sepulcral de la misma Tal fuiste: hoy bajo tierra polvo, esqueleto eres. Sobre el fango, inmóvilmente colocado en vano, mudo, mirando de la edad el vuelo, está, de la memoria y del dolor custodio, el simulacro de la muerta hermosura. La mirada dulce, que hacía temblar si, como ahora, se fijaban en otro; el labio, donde el placer derramábase cual de urna llena; el cuello, circuído ya de deseo; la amorosa mano, que a menudo, al posarse, sintió helada la mano que oprimía, y el seno, ante el que todos se tornaban visiblemente pálidos, fueron un tiempo; huesos y fango eres ahora; visión tan triste oculta hoy una piedra.

A eso reduce el hado a aquello que creímos la más viva imagen celestial. Misterio eterno de nuestra vida. Inenarrable fuente de excelsos pensamientos y sentires, hoy triunfa la belleza, y parece, cual llama de natura inmortal en este yermo, de altísimos destinos, de afortunados reinos y áureos mundos esperanza segura dar al mortal estado; mañana leve fuerza en abyecto, soez y abominable trocará a lo que tuvo casi angélico aspecto, y también de las mentes desaparece aquello que admirable concepto suscitaba.

Deseos infinitos y soberbias visiones crea en el pensamiento por natural virtud, docta armonía, y por un deleitoso mar, arcano yerra el humano espíritu como por divertirse osado nadador por el océano; mas si un discorde acento hiere el oído, en nada se torna aquel edén en un instante.

Natura humana, ¿cómo, si polvo y sombra eres, si eres frágil y vil, sientes tan alto? Si gentil todavía, ¿por qué el más digno de tu pensamiento 55 es así de liviano y origen de razones despreciables?

Versión de Diego Navarro