¿Nada de amor -¡de nada!- para mí? Yo buscaba la frase con relieve, la palabra hecha carne de alma, luz tangible, y un rayo del sol último, en tanto hacía luz el confuso piar de mis polluelos.
Ya para entonces se me había vuelto el diálogo monólogo, y el río, Amor -el río: espejo que anda-, llevaba mi mirada al mar sin mí.
¡Qué puro eco tuyo, de tu grito hundido en el ocaso, Amor, la luna, espejito celeste, poesía! * * *
De la última estrella a la primera fue para oler las rosas.
Vuelta, al revés, del mundo, abierta la memoria de la primera estrella a ti -mujer, idea-, ¿hasta cuándo la última? * * *
La noche, que me espía por el ojo de la cerradura del sueño, gotea estrellas de ruidos inconexos. ¿Para qué este hilo de aire con ecos? Ya ningún lápiz raya mi memoria con el número de ningún teléfono.
Mi mensaje cae conmigo sin mis miradas, cuerdas de un trapecio suspendido, otros días, de mi cabeza sobre el cielo.
Y nadie inventa aún al inalámbrico una aplicación para esto: uno puede caer cien siglos -sin una honda agua de sueño, sin la red salvavidas de una antena- al silencio. * * *
El agua, entre los álamos, pinta la hora, no el paisaje; su rostro desleído entre las manos copia un aroma, un eco… (Colgaron al revés ese cromo borroso de la charca, con su noche celeste tan caída y sus álamos hacia abajo, y yo mismo, la cabeza en el agua y el pie en la nube negra de la orilla.)
Llega -¿de dónde?- el tren; corazón -¿de quién?- alargado, oscuro y próspero, la vía nos lo plantea = algo más allá del alcance de los ojos. Terremoto: llorando demasiado los sauces salen al camino como mujeres aterrorizadas. Incendio: la luna, viento frío, arrastra el humo de las sombras hasta detrás del horizonte.
En el bosque, con tantos mármoles, no queda sitio ya para las ninfas: sólo Eco, tan menudita, tan invisible y tan cercana. Sólo una memoria sin nexo: “cuéntalas bien que las once son”.
Luego el castigo de la encrucijada por el afán de haber querido saber a dónde llevan todos los caminos: 1, al pueblo; 100, a la ciudad; 1000, al cielo; todos de ti y ninguno a ti, a tu centro impreciso, alma, eje de mi abanico de miradas, surtidor exaltado de caminos. * * *
Con ser tan gigantesco, el mar, y amargo, qué delicadamente dejó escrito -con qué línea tan dulce y qué pensamiento tan fino, como con olas niñas de tus años-, en este caracol, breve, su grito. * * *
Sólo tu palabra, río, deletreada, repetida, agria.
Sólo las estrellas -solas- en el agua y despedazadas.
¡Ya viene la luna! Río, despedázala, como a tu palabra
el silencio, como la noche a la amada, río, por románticas. * * *
Alanceada por tu canal certero, sangras chorros de luces, martirizada piel de cocodrilo. Grito tuyo -a esta hora amordazado por aquella nube con luna-, lanza en mí, traspasándome, certera, con el recuerdo de lo que no ha sido.
Y yo que abrí el balcón sin sospecharlo también, también espejo de la noche de mi propio cuarto sin nadie:
estanterías de las calles llenas de libros conocidos; y el recuerdo que va enmarcando sus retratos en las ventanas; y una plaza para dormir, llovida por el insomnio de los campanarios -canción de cuna de los cuartos de hora-, velándome un sueño alto, frío, eterno. * * *
¡Qué bosque -cómo oprime- tan oscuro! Ganas de sacudir los árboles para que caiga aquella luz que se quedó enredada entre las ramas últimas. -Ella se quedaría, esclava, trémula entre los dedos de Josué detrás del horizonte, sin remedio-.
¡Luz de ayer, luz de ayer, lluévete, vertical, a mi memorial ¡Rompe las rejas de los troncos, horizontal luz de mañana!
Todo este día corrió el tren por mi pensamiento. Toda la noche su sirena rayará mi desvelo.
Y no poder imaginar el vértice hipotético en que se une la vía, tan lejano. Nunca, nunca podré beber el sueño en la confluencia amarga de su grito y mi sollozo, siempre paralelos y persiguiéndose, toda la noche, en mi desvelo. * * *
Tierra que la guarda ahora -montoncito de tierra y un poco de savia en los árboles-.
Ramas sin marzo, sin viento, metálicas, más de luna que de árbol, casi de alma.
Esta vez no ha quedado nada del día en mi mirada. Noche demasiado lírica.
Ella estará aquí más presente -viéndome completo- que yo que la creo sólo puñadito de tierra y un poco de savia en los árboles. * * *
Soledad imposible conmigo tan aquí y mi memoria tan despierta.
Y además la plegaria por la estrella perdida, tan sin luz, por Blanca de Nieves, dormida nube con luna en su ataúd de cielo, y por el campo, ese hospiciano prófugo que equivocó la senda y se tiró, ya cansado, a la orilla del camino, desesperando de llegar al pueblo.
Y hay también las canciones perdidas que no se sabe nunca quien cantó; y esta correspondencia sin palabras de ojos a estrella, de alma a luz de luna. * * *
El pañuelo de espumas del rompeolas me lloraba, ¡adiós!, y en la noche aquel grito -aquella estrella-, ¡ven! y mi corazón que era sólo un temblor que cantaba, en medio, y de mi hondura, hacia la nada, ya sin mis ojos, yo.
Y mi nombre escrito en la arena, y tu ascensión, luz, lumbre, sobre el mar; luego de allá, lejos, la onda, de aquí, de mí, la sombra que todo lo borraban.
El mar dormía como nunca, y como si fuera ya para siempre, sin mi alma. * * *
A esta hora ese telegrama amarillo ya sólo trae malas noticias: un hombre, yo, tan agobiado…
¡Cómo abre -¡qué lívida!- sus ventanas, leyéndolo, mi casa! * * *
Corolas de papel de estas canciones. Se abren cuando al alba nocturna de la lámpara rompe a cantar ociosa la ternura enjaulada entre los dedos.
Se cierran cuando Venus matutina cae desprendida de su rama, aún no madura y ya picoteada por el frío del alba verdadera.
Niño Abril me escribió de un pueblo por completo silvestre, por completo. Pero yo con mi sombra estaba haciendo sube y baja en balanza de aire, a la ventana, y el pasado pesaba más, y se divulgó aquella carta al caer a pasearse al bulevar.
Señor policía el cielo, yo no hice aquel verso, no, que la estrella que veis ahogada sola a mi espejo se cayó.
Camino incansable, automóvil para poetas, siempre a cien kilómetros, y río que se va; el cenit viene con nosotros, el horizonte huye sin fin.
Niño Abril me escribía: “En junio, ya no flor y no fruto aún, ¿qué prefieres, el pan o el vino?” -Yo prefiero el vino y el pan, y ser a la vez yo y mi sombra, y tener cabal todo el campo en mi árbol del bulevar.
Señor policía el viento, yo no ando desnudo, no. que la sombra que veis llorando de un sueño mío se cayó. * * *