Día ocho , Llegado de su mano

Día ocho , Llegado de su mano

La ilusión serpentina del principio me tentaba a morderte fruto vano en mi tortura de aprendiz de magia.

Luego, te fuiste por mis siete viajes con una voz distinta en cada puerto e idéntico quemarte en mi agonía.

Lascivia temblorosa de las tardes de lluvia cuando tu cuerpo balbucía en Morse su respuesta al mensaje del tejado.

Y la desesperada de aquel amanecer en el Bowery, transidos del milagro, con nuestro amor sin casa entre la niebla.

Y la pluvial, de una mirada sola que te palpó, en la iglesia, más desnuda vestida en carmesí lluvia de sangre.

Y la que se quedó en bajorrelieves en la arena, en el hielo y en el aire, su frenesí mayor sin ti presencia.

Y la que no me atrevo a recordar, y la que me repugna recordar, y la que ya no puedo recordar.