Si lo escribió mi prisa feliz, ¿con qué palabras, cómo dije: “palomas cálidas de tu pecho”? En sus picos leería: brasa, guinda, clamor, pero la luz recuerda más duro su contorno y el aire el inflexible número de su arrullo.
Y diría: “palomas de azúcar de tu pecho”, si endulzaban el agua cuando entrabas al mar con tu traje de cera de desnudez rendida, pero el mar las sufría proas inexorables y aún sangran mis labios de morder su cristal.
Después, si dije: “un hosco viento de despedidas”, ¿qué palabras de hielo hallé sobre mi grito? No recuerdos, ni angustias, ni soledades. Sólo el rencor de haber dicho tu estatua con arenas y haberla condenado a vida, tiempo, muerte.
Y escribiría: “un horro vendaval de vacíos” la estéril mano álgida que me agostó mis rosas
y me quemó la médula para decir apenas que nunca tuve mucho que decir de mí mismo y que de tu milagro sólo supe la piel.