1 Aquel rostro, aquel libro, aquel paisaje, y todo el iris y yo mismo, todo, todo en tu agua sedienta de imágenes.
2 Te saludan los pájaros, las cosas todas afinan para ti su mejor alba de sonrisas.
Y recuerdan tus viajes, cuando ibas como un poco de río redondo y frágil, por el cauce innúmero del viento.
Y te recuerdan, Arca de Noé, porque las regalabas a los niños, transmutando en juguetería de Noche Buena, el Mundo.
3 Y la vida niña soplándote, oh pompa, oh árbol de cristal de alma, por aquella raíz que te ocultó en su seno Poesía, y te era, en el cielo, rama en flor y pájaro en la rama.
Y la vida, sin fin, soplándote, sin fin, sin fin, burbuja de emoción, hasta tu fin sin ruido ni violencias -cuando mucho con un rocío amargo y trémulo, como de lágrimas.
Y pensar, corazón…
¡Y pensar, conmovido corazón, que algún día nefando, los gusanos han de roerte tus orgullos vanos y emponzoñar tu fuente de emoción…!
Saber la vida tránsfuga, y saber el fracaso de todo en un minuto: toda tu heroica fiebre de absoluto (náufraga en unos labios de mujer)
y todo tu dolor, y tu sensual podredumbre obcecada, y tu efusiva devoción a la Amada primitiva de alma jocunda y clara de cristal.
Aún no habrás logrado modelar tu poema mejor, cuando la pálida Intrusa llegue, y tu Poesía, inválida, interrumpa su lírico volar
Saber que un día, trémulo rubí, leal y atormentado, solamente polvo inmóvil será tu carne ardiente, sin nada de lo noble que hay en ti.
Cuánto mejor sería, corazón, que te agotaras, trágico y canoro, en este amor vernal de fuego y oro, en una fervorosa combustión.
Toluca, agosto de 1921