I Primero amaneció para mis ojos. Que yo estaba caído en la cisterna de tu sueño, y sin saber voltearme el corazón y alzarme de puntillas en su vértice a espiar el alba de oro sólo mía.
¡Qué sin eco mi llanto, hoy, nublándome en mi elevada soledad sin ángeles, esa aurora que no amanece nunca!