Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir mi Lebú en dos mitades de fragancia, lo escucho, lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces, cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento como una arteria más entre mis sienes y mi almohada.
Es él. Está lloviendo. Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor a caballo mojado. Es Juan Antonio Rojas sobre un caballo atravesando un río. No hay novedad. La noche torrencial se derrumba como mina inundada, y un rayo la estremece.
Madre, ya va a llegar: abramos el portón, dame esa luz, yo quiero recibirlo antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino para que se reponga, y me estreche en un beso, y me clave las púas de su barba.
Ahí viene el hombre, ahí viene embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso contra la explotación, muerto de hambre, allí viene debajo de su poncho de Castilla.
Ah, minero inmortal, ésta es tu casa de roble, que tú mismo construiste. Adelante: te he venido a esperar, yo soy el séptimo de tus hijos. No importa que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años, que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto, porque tú y ella estáis multiplicados. No importa que la noche nos haya sido negra por igual a los dos. -Pasa, no estés ahí mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.
Carmen Cárminis
-Favor, dónde se fabrican por aquí versos con hélade y lujuria para que vibren transparentes? -Dos casas más allá pasado ese hueco donde se ve ese otro hueco de aire con dalias originales de entonces, ahí justo a la izquierda doblando detrás del puente del que no queda vestigio, ahí mismo a un metro hay una carpintería etrusca: de ahí -arterias y mármol, alta, los pies desnudos- salió la muchacha hace tres mil, que no ha muerto.
Eso me lo dijo personalmente a mí Catulo en Sirmione el 95, Garda sul Lago.
Carta del suicida
Juro que esta mujer me ha partido los sesos, Por que ella sale y entra como una bala loca, Y abre mis parietales y nunca cicatriza, Así sople el verano o el invierno, Así viva feliz sentado sobre el triunfo Y el estomago lleno, como un cóndor saciado, Así padezca el látigo del hambre, así me acueste O me levante, y me hunda de cabeza en el día Como una piedra bajo la corriente cambiante.
Así toque mi citara para engañarme, así Se habrá una puerta y entren diez mujeres desnudas, Marcadas sus espaldas con mi letra, y se arrojen Unas sobre otras hasta consumirse.
Juro que ella perdura porque ella sale y entra Como una bala loca, Me sigue a donde voy y me sirve de hada.
Carta para volvernos a ver
Escrita en el mar, el 25-X-58, entre las 2 y las 5 de la mañana, a bordo del “Laennec”, Navifrance, por la ruta del Atlántico norte. No publicada hasta la fecha.
Lo feo fue quererte, mi Fea, conociendo cuánta víbora era tu sangre, lo monstruoso fue oler amor debajo de tu olorcillo a hiena, y olvidar que eras bestia, y no a besos sino a cruel mordedura te hubiera, en pocos meses, lo vicioso y confuso descuerado, y te hubiera en la mujer más bella ¡por Safo! convertido.
Porque, vistas las cosas desde el mar, en el frío de la noche oceánica y encima de este barco de lujo, con mujeres francesas y espumosas, y mucha danza, y todo, no hay ninguna cuyo animal, oh Equívoca, tenga más desenfreno en su fulgor antes de ti, después de ti. No hay ojos verdes que se parezcan tanto a la ignominia.
Ignominia es tu sangre, Burguesilla: lo turbio que te azota por dentro, remolino viscoso de miedo y de lujuria, corrupción de todo lo materno que es la mujer. ¡Acuérdate, Malparida, de aquella pesadilla! No hay trampa que te valga cuando tiritas y entras al gran baile del muro donde se te aparecen de golpe los pedazos de la muerte.
No te perdono, entiéndeme, porque no me perdono, porque el mar -por hermoso que sea- no perdona al cadáver: lo rechaza y lo arroja como inútil estiércol. Muerta estás y aun entonces, cuando dormí contigo, dormí con una máquina de parir muertos. Nadie podrá lavar mi boca sino el áspero océano, Mujer y No-mujer, de tu beso vicioso.
Lástima de hermosura. Si hoy te falta de madre justo lo que te sobra de ramera y de sábana en sábana, desnuda, vas riendo y sin embargo empiezas a llorar en lo oscuro cuando no te oye nadie, es posible, es posible que descubras tu estrella por el viejo ejercicio del amor, es posible que tanta espuma inútil pierda su liviandad, se integre en la corriente, vuelva al coro del Ritmo.
Tal vez el largo oleaje de esta carta te aburra, todo este aire solemne, pero el Ritmo ha de ser océano profundo que al hombre y la mujer amarra y desamarra nadie sabe por qué y, es curioso, yo mismo no sé por qué te escribo con esta mano, y toco tu rara desnudez terrible todavía.
No hablemos ya de mayo ni de junio, ni hablemos del gran mes, mi Amorosa, que construyó en diamante tu figura de amada y sobreamada, por encima del cielo, en el volcán de aquel Chillán de Chile que vivimos los dos, y eternizamos, silenciosos, seguros de ser uno en el vuelo.
No. Bajemos de ahí, mi Sangrienta, y entremos al agosto mortuorio: crucemos los horribles pasadizos de tus vacilaciones, volvamos al teléfono que aún estará sonando. Volemos en aviones a salvar los restos de Algo, de Alguien que va a morir, mi Dios, descuartizado.
Digamos bien las cosas. No es justo que metamos a ningún Dios en esto. Cínicos y quirúrgicos, los dos, los dos mentimos. Tú, la más Partidaria de la Verdad, negaste la vida hasta sangrar contra la Especie (¿Es mucho cinco mil cuatrocientas criaturas por hora…?) Los dos, los dos cortamos las primeras, las finas raíces sigilosas del que quiso venir a vemos, y a besamos, y a juntamos en uno.
Miro el abismo al fondo de este espejo quebrado, me adelanto a lo efímero de tus días rientes y otra vez no eres nada sino un color difícil de mujer vuelta al polvo de la vejez. Adiós. Hueca irás. Vivirás de lo que fuiste un día quemada por el rayo del vidente.
Mortal contradictorio: cierro esta carta aquí, este jueves atlántico, sin Júpiter ni estrella. No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más. Y océano, y océano, y únicamente océano.