Carta para volvernos a ver

Carta para volvernos a ver

Escrita en el mar, el 25-X-58, entre las 2 y las 5 de la mañana, a bordo del “Laennec”, Navifrance, por la ruta del Atlántico norte. No publicada hasta la fecha.

Lo feo fue quererte, mi Fea, conociendo cuánta víbora era tu sangre, lo monstruoso fue oler amor debajo de tu olorcillo a hiena, y olvidar que eras bestia, y no a besos sino a cruel mordedura te hubiera, en pocos meses, lo vicioso y confuso descuerado, y te hubiera en la mujer más bella ¡por Safo! convertido.

Porque, vistas las cosas desde el mar, en el frío de la noche oceánica y encima de este barco de lujo, con mujeres francesas y espumosas, y mucha danza, y todo, no hay ninguna cuyo animal, oh Equívoca, tenga más desenfreno en su fulgor antes de ti, después de ti. No hay ojos verdes que se parezcan tanto a la ignominia.

Ignominia es tu sangre, Burguesilla: lo turbio que te azota por dentro, remolino viscoso de miedo y de lujuria, corrupción de todo lo materno que es la mujer. ¡Acuérdate, Malparida, de aquella pesadilla! No hay trampa que te valga cuando tiritas y entras al gran baile del muro donde se te aparecen de golpe los pedazos de la muerte.

No te perdono, entiéndeme, porque no me perdono, porque el mar -por hermoso que sea- no perdona al cadáver: lo rechaza y lo arroja como inútil estiércol. Muerta estás y aun entonces, cuando dormí contigo, dormí con una máquina de parir muertos. Nadie podrá lavar mi boca sino el áspero océano, Mujer y No-mujer, de tu beso vicioso.

Lástima de hermosura. Si hoy te falta de madre justo lo que te sobra de ramera y de sábana en sábana, desnuda, vas riendo y sin embargo empiezas a llorar en lo oscuro cuando no te oye nadie, es posible, es posible que descubras tu estrella por el viejo ejercicio del amor, es posible que tanta espuma inútil pierda su liviandad, se integre en la corriente, vuelva al coro del Ritmo.

Tal vez el largo oleaje de esta carta te aburra, todo este aire solemne, pero el Ritmo ha de ser océano profundo que al hombre y la mujer amarra y desamarra nadie sabe por qué y, es curioso, yo mismo no sé por qué te escribo con esta mano, y toco tu rara desnudez terrible todavía.

No hablemos ya de mayo ni de junio, ni hablemos del gran mes, mi Amorosa, que construyó en diamante tu figura de amada y sobreamada, por encima del cielo, en el volcán de aquel Chillán de Chile que vivimos los dos, y eternizamos, silenciosos, seguros de ser uno en el vuelo.

No. Bajemos de ahí, mi Sangrienta, y entremos al agosto mortuorio: crucemos los horribles pasadizos de tus vacilaciones, volvamos al teléfono que aún estará sonando. Volemos en aviones a salvar los restos de Algo, de Alguien que va a morir, mi Dios, descuartizado.

Digamos bien las cosas. No es justo que metamos a ningún Dios en esto. Cínicos y quirúrgicos, los dos, los dos mentimos. Tú, la más Partidaria de la Verdad, negaste la vida hasta sangrar contra la Especie (¿Es mucho cinco mil cuatrocientas criaturas por hora…?) Los dos, los dos cortamos las primeras, las finas raíces sigilosas del que quiso venir a vemos, y a besamos, y a juntamos en uno.

Miro el abismo al fondo de este espejo quebrado, me adelanto a lo efímero de tus días rientes y otra vez no eres nada sino un color difícil de mujer vuelta al polvo de la vejez. Adiós. Hueca irás. Vivirás de lo que fuiste un día quemada por el rayo del vidente.

Mortal contradictorio: cierro esta carta aquí, este jueves atlántico, sin Júpiter ni estrella. No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más. Y océano, y océano, y únicamente océano.

1 Y nada de lágrimas; esta mujer que cierran hoy en su transparencia, ésta que guardan en la litera ciega del muro de cemento, como loca encadenada al catre cruel en el dormitorio sin aire, sin barquero ni barca, entre desconocidos sin rostro, ésta es únicamente la Única que nos tuvo a todos en el cielo de su preñez. Alabado sea su vientre.

2 Y nada, nada más; que me parió y me hizo hombre, al séptimo parto de su figura de marfil y de fuego, en el rigor de la pobreza y la tristeza, y supo oír en el silencio de mi niñez el signo, el Signo sigiloso sin decirme nunca nada. Alabado sea su parto.

3 Que otros vayan por mí ahora que no puedo, a ponerte ahí los claveles colorados de los Rojas míos, tuyos, hoy trece doloroso de tu martirio, los de mi casta que nacen al alba y renacen; que vayan a ese muro por nosotros, por Rodrigo Tomás, por Gonzalo hijo, por Alonso; que vayan o no, si prefieren, o que oscura te dejen sola, sola con la ceniza de tu belleza que es tu resurrección, Celia Pizarro, hija, nieta de Pizarros y Pizarros muertos, Madre; y vengas tú al exilio con nosotros, a morar como antes en la gracia de la fascinación recíproca. Alabado sea tu nombre para siempre.