1 Y nada de lágrimas; esta mujer que cierran hoy en su transparencia, ésta que guardan en la litera ciega del muro de cemento, como loca encadenada al catre cruel en el dormitorio sin aire, sin barquero ni barca, entre desconocidos sin rostro, ésta es únicamente la Única que nos tuvo a todos en el cielo de su preñez. Alabado sea su vientre.
2 Y nada, nada más; que me parió y me hizo hombre, al séptimo parto de su figura de marfil y de fuego, en el rigor de la pobreza y la tristeza, y supo oír en el silencio de mi niñez el signo, el Signo sigiloso sin decirme nunca nada. Alabado sea su parto. 3 Que otros vayan por mí ahora que no puedo, a ponerte ahí los claveles colorados de los Rojas míos, tuyos, hoy trece doloroso de tu martirio, los de mi casta que nacen al alba y renacen; que vayan a ese muro por nosotros, por Rodrigo Tomás, por Gonzalo hijo, por Alonso; que vayan o no, si prefieren, o que oscura te dejen sola, sola con la ceniza de tu belleza que es tu resurrección, Celia Pizarro, hija, nieta de Pizarros y Pizarros muertos, Madre; y vengas tú al exilio con nosotros, a morar como antes en la gracia de la fascinación recíproca. Alabado sea tu nombre para siempre.
Cítara mía, hermosa…
Cítara mía, hermosa muchacha tantas veces gozada en mis festines carnales y frutales, cantemos hoy para los ángeles, toquemos para Dios este arrebato velocísimo, desnudémonos ya, metámonos adentro del beso más furioso, porque el cielo nos mira y se complace en nuestra libertad de animales desnudos.
Dame otra vez tu cuerpo, sus racimos oscuros para que de ellos mane la luz, deja que muerda tus estrellas, tus nubes olorosas, único cielo que conozco, permíteme recorrerte y tocarte como un nuevo David todas la cuerdas, para que el mismo Dios vaya con mi semilla como un latido múltiple por tus venas preciosas y te estalle en los pechos de mármol y destruya tu armónica cintura, mi cítara, y te baje a la belleza de la vida mortal.
Código del obseso
Busco un pelo; entre lo innumerable de este Mundo busco un pelo disperso en la quebrazón, longilíneo de doncellez correspondiente a grande figura de muchacha grande, pies castísimos con uñas pintadas por el rey, airosos los muslos de la esbeltez dual, en ascenso más bien secreto, de pubis a axila, a cabellera torrencial tras lo animal del número ronco de ser, busco un pelo
espléndido de mujer espléndida, clásica, músico de tacto preferiblemente intrépido de Boticelli, áureo y corrupto de exactitud, castaño de fulgor, finísimo, de alto a bajo busco un pelo
unigénito, seco de aroma, entre el aire y el descaro del aire, ni rey a remolque de esta invención, ni tamaña concubina venusina, flaco y cínico: -Galaxias no me quiten el sol. Pajar del cielo: lo que busco es un pelo.
De la liviandad
Volviendo sobre una línea de Cortázar, las mujeres cómo recaen. Man Ray hizo la foto: lomo largo con todas las vértebras preciosas a la vista y ella cayendo flexible en el encantamiento, flaca la pelirroja, lista para la otra pasarela del placer, los tirantes por allá, las medias disparadas, y algo más lejos en la otra punta de la alfombra los dos zapatos altísimos sin nadie muertos de amor, tristísimos y viudísimos de ella pidiéndole frenéticos que no, que su cuerpo blanco no, que no se entregue a la usurpación, que vuelva como en el tango, que no. -Cierren finas las cortinas.
Del sentido
Muslo lo que toco, muslo y pétalo de mujer el día, muslo lo blanco de lo traslúcido, U y mas U, y mas y más U lo último debajo de lo último, labio el muslo en su latido nupcial, y ojo el muslo de verlo todo, y Hado, sobre todo Hado de nacer, piedra de no morir, muslo: leopardo tembloroso.
Desde mi infancia vengo mirándolas, oliéndolas…
Desde mi infancia vengo mirándolas, oliéndolas, gustándolas, palpándolas, oyéndolas llorar, reír, dormir, vivir; fealdad y belleza devorándose, azote del planeta, una ráfaga de arcángel y de hiena que nos alumbra y enamora, y nos trastorna al mediodía, al golpe de un íntimo y riente chorro ardiente.
Dos sillas a la orilla del mar
La abruma a la silla la libertad con que la mira la otra en la playa, tan adentro como escrutándola y violándola en lo abierto de la arena sucia al amanecer, rotas las copas de ayer domingo, la abruma a la otra la una.
Palo y lona son de cuanto fueron anoche en el festín, palo y lona las dos despeinadas que a lo mejor bailaron blancas y bellísimas hasta que la otra comió en la una y la una en la otra por liviandad y vino Zeus y las desencarnó como a dos burras sin alcurnia y ahí mismo las filmó hasta el fin del Mundo tiesas, flacas, ociosas.
El fornicio
Te besaré en la punta de las pestañas y en los pezones, te turbulentamente besara, mi vergonzosa, en esos muslos de individua blanca, tacara esos pies para otro vuelo más aire que ese aire felino de tu fragancia, te dijera española mía, francesa mía, inglesa, ragazza, nórdica boreal, espuma de la diáspora del Génesis… ¿Qué más te dijera por dentro? ¿griega, mi egipcia, romana por el mármol? ¿fenicia, cartaginesa, o loca, locamente andaluza en el arco de morir con todos los pétalos abiertos, tensa la cítara de Dios, en la danza del fornicio?
Te oyera aullar, te fuera mordiendo hasta las últimas amapolas, mi posesa, te todavía enloqueciera allí, en el frescor ciego, te nadara en la inmensidad insaciable de la lascivia, riera frenético el frenesí con tus dientes, me arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo de otra pureza, oyera cantar las esferas estallantes como Pitágoras, te lamiera, te olfateara como el león a su leona, para el sol, fálicamente mía, ¡te amara!
Enigma de la deseosa
Muchacha imperfecta busca hombre imperfecto de 32, exige lectura de Ovidio, ofrece: a) dos pechos de paloma, b) toda su piel liviana para los besos, c) mirada verde para desafiar el infortunio de las tormentas; no va a las casas ni tiene teléfono, acepta imantación por pensamiento. No es Venus; tiene la voracidad de Venus.
Fax con ventolera…
Fax con ventolera y una rosa, hoy salió de esto Rojas -Gonzalo como le pusieron en el agua-, iba solo, no hay epitafio que escribir en cuanto a su suerte, ni cuerpo que respirar, escasamente se dirá de él que vino rápido y ha salido, que ya no está entonces, que no hay estrellas para él, que carnalmente va encima del vidrio que lo encarcela una rosa a modo de instrumento de perdición, que ha salido y eso es todo.
Instantánea
El dragón es un animal quimérico, yo soy un dragón y te amo, es decir amo tu nariz, la sorpresa del zafiro de tus ojos, lo que más amo es el zafiro de tus ojos;
pero lo que con evidencia me muslifica son tus muslos longilíneos cuyo formato me vuela sexo y cisne a la vez aclarándome lo perverso que puede ser la rosa, si hay rosa en la palpación, seda, olfato
o, más que olfato y seda, traslación de un sentido a otro, dado lo inabarcable de la pintura entiéndase por lo veloz de la tersura gloriosa y gozosa que hay en ti, de la mariposa,
así pasen los años como sonaba bajo el humo el célebre piano de marfil en la película; ¿qué fue de Humphrey Bogart y aquella alta copa nórdica cuya esbeltez era como una trizadura: qué fue del vestido blanco?
Décadas de piel. De repente el hombre es décadas de piel, urna de frenesí y perdición, y la aorta de vivir es tristeza, de repente yo mismo soy tristeza;
entonces es cuando hablo con tus rodillas y me encomiendo a un vellocino así más durable que el amaranto, y ahondo en tu amapola con liturgia y desenfreno, entonces es cuando ahondo en tu amapola, y entro en la epifanía de la inmediatez ventilada por la lozanía, y soy tacto de ojo, apresúrate, y escribo fósforo si veo simultáneamente de la nuca al pie equa y alquimia.
La concubina
Éste es el diálogo último: hasta aquí estoy oyendo el remezón de tu risotada con emputecimiento y todo, en la guerra se gana o se pierde y yo perdí, y tú perdiste igual, no hay pelitos recónditos que suavicen el enigma: útero es útero y falo es falo, no hay aura ni distinción, ni mucho menos Danza, haces tu número en la feria y te vas, todo es comercio de hombre y de mujer, no hay pelitos recónditos y uno es todos sus animales a la vez y por lo visto quién engaña a quién, ésta es la bestia -tú y yo- que somos.
De esto se pare y se muere, la guerra es ésta, dejemos los sentidos para ocasiones más olorosas, el beso lo dejemos para el dialecto delicado y concubino, ésta es la fiereza, mi rey, acuéstese de una vez en este hueco de placer: de ahí saldrá más entero
que de adentro de su madre. Usted es un arrepentido y un lastimado, lo que no corresponde a un rey por mucho que haya engendrado en cuanto rey tan alta dinastía: tres semanas de arrullo bastan, lo que le falta a usted es cuchillo y sangre de cuchillo para cortar abajo el tajo, de la putrefacción a la ilusión.
La errata
Señores del jurado, ahí les mando de vuelta en automóvil nupcial a esa mujer que no me es, escasa de encantamiento, puro pelo ronco abajo, ahí van las dos ubres testigas ya usadas por múltiple palpación sucia de otras neutras de su especie que no dan para calipigias, la errata fue el chorro kármico, la vileza de esas dos noches en mis sábanas, ahí también van las dos sábanas coloradas de vergüenza, incluyo por último 3 o 4 rosas blancas, pónganlas en el florero de vidrio por mera distinción a la fragancia mortuoria. Avísenme si fue Zeus el que hiló la torcedura de ese hilo o no más la Parca. Firmado: Calímaco.
La loba
Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa figura de muchacha, con tu pelo torrencial, y el sonido de tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas espinas de la tristeza. El mundo se me empezó a morir como un niño en la noche, y yo mismo era un niño con mis años a cuestas por las calles, un ángel ciego, terrestre, oscuro, con mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia sacándome los ojos por haberte mirado.
Y tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa, segura, perfumada, porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría salía por tu boca como vertiente pura de marfil, y bailabas con tus pasos felices de loba, y en el vértigo del día, otra muchacha que salía de ti, como otra maravilla de lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste, porque estábamos lejos, y decías que me amabas.
Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan en un vuelo sin fin las tempestades, pues nadie sabe nada de nada, y es confuso todo lo que elegimos hasta que nos quedamos solos, definitivos, completamente solos.
Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en el giro del baile, como entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella. Quiero seguirte viendo muchos años, venir impalpable, profunda, girante, así, perfecta, con tu negro vestido y tu pañuelo verde, y esa cintura, amor, y esa cintura.
Quédate ahí. Tal vez te conviertas en aire o en luz, pero te digo que subirás con éste y no con otro: con éste que ahora te habla de vivir para siempre tú subirás al sol, tú volverás con él y no con otro, una tarde de junio, cada trescientos años, a la orilla del mar, eterna, eternamente con él y no con otro.
La palabra placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo…
La palabra placer, cómo corría larga y libre por tu cuerpo la palabra placer cayendo del destello de tu nuca, fluyendo blanquísima por lo vertiginoso oloroso de tu espalda hasta lo nupcial de unas caderas de cuyo arco pende el Mundo, cómo lo músico vino a ser marmóreo en la esplendidez de tus piernas si antes hubo dos piernas amorosas así considerando claro el encantamiento de los tobillos que son goznes que son aire que son partícipes de los pies de Isadora Duncan la que bailó en la playa abierta para Serguei Iesénin, cómo eras eso y más para mí, la danza, la contradanza, el gozo de olerte ahí tendida recostada en tu ámbar contra el espejo súbito de la Especie cuando te vi de golpe, ¡con lo lascivo de mis dedos te vi! la arruga errónea, por decirlo, trizada en lo simultáneo de la serpiente palpándote áspera del otro lado otra pero tú misma en la inmediatez de la sábana, anfibia ahora, vieja vejez de los párpados abajo, pescado sin océano ni nada que nadar, contradicción siamesa de la figura de las hermosas desde el paraíso, sin nariz entonces rectilínea ni pétalo por rostro, pordioseros los pezones, más y más pedregosas las rodillas, las costillas: -¿Y el parto, Amor, el tisú epitelial del parto?
De él somos, del mísero dos partido en dos somos, del báratro, corrupción y lozanía y clítoris y éxtasis, ángeles y muslos convulsos: todavía anda suelto todo, ¿qué nos iban a enfriar por eso los tigres desbocados de anoche? Placer y más placer. Olfato, lo primero el olfato de la hermosura, alta y esbelta rosa de sangre a cuya vertiente vine, no importa el aceite de la locura: -Vuélvete, paloma, que el ciervo vulnerado por el otero asoma…
La piedra
Por culpa de nadie habrá llorado esta piedra.
Habrá dormido en lo aciago de su madre esta piedra precipicia por unimiento cerebral al ritmo de donde vino llameada y apagada, habrá visto lo no visto con los otros ojos de la música, y así, con mansedumbre, acostándose en la fragilidad de lo informe, seca la opaca habráse anoche sin ruido de albatros contra la cerrazón ido.
Vacilado no habrá por esta decisión de la imperfección de su figura que por oscura no vio nunca nadie porque nadie las ve nunca a esas piedras que son de nadie en la excrecencia de una opacidad que más bien las enfría ahí al tacto como nubes neutras, amorfas, sin lo airoso del mármol ni lo lujoso de la turquesa, ¡tan ambiguas si se quiere pero por eso mismo tan próximas!
No, vacilado no; habrá salido por demás intacta con su traza ferruginosa y celestial, le habrá a lo sumo dicho al árbol: -Adiós árbol que me diste sombra; al río: -Adiós río que hablaste por mí; lluvia, adiós, que me mojaste. Adiós, mariposa blanca.
Por culpa de nadie habrá llorado esta piedra.
La preñez
Hembra que brama mea amor hermoso y entra en Dios, animaliza y aceita el seso de su hombre torrencial encima, lo olorosamente aparta
y no lo besa más con beso de hembra que brama, hasta la otra gran fecha ensangrentada y tántrica,
Dios quiere dioses, llueve lluvia, interminablemente llueve lluvia.
La salvación
Me enamoré de ti cuando llorabas a tu novio, molido por la muerte, y eras como la estrella del terror que iluminaba al mundo.
Oh cuánto me arrepiento de haber perdido aquella noche, bajo los árboles, mientras sonaba el mar entre la niebla y tú estabas eléctrica y llorosa bajo la tempestad, oh cuánto me arrepiento de haberme conformado con tu rostro, con tu voz y tus dedos, de no haberte excitado, de no haberte tomado y poseído, oh cuánto me arrepiento de no haberte besado.
Algo más que tus ojos azules, algo más que tu piel de canela, algo más que tu voz enriquecida de llamar a los muertos, algo más que el fulgor fatídico de tu alma, se ha encarnado en mi ser, como animal que roe mis espaldas con sus dientes.
Fácil me hubiera sido morderte entre las flores como a las campesinas, darte un beso en la nuca, en las orejas, y ponerte mi mancha en lo más hondo de tu herida.
Pero fui delicado, y lo que vino a ser una obsesión habría sido apenas un vestido rasgado, unas piernas cansadas de correr y correr detrás del instantáneo frenesí, y el sudor de una joven y un joven, libres ya de la muerte.
Oh agujero sin fin, por donde sale y entra el mar interminable oh deseo terrible que me hace oler tu olor a muchacha lasciva y enlutada detrás de los vestidos de todas las mujeres.
¿Por qué no fui feroz, por qué no te salvé de lo turbio y perverso que exhalan los difuntos? ¿Por qué no te preñé como varón aquella oscura noche de tormenta?
La sutura
Piedad entonces por la sutura de su vientre: a usted la conocí bíblicamente allá por marzo del 98 en la ventolera de algún film de antes, ciego y torrencial a lo Joan Crawford, las cejas en arco, cierta versión eléctrica de los ojos, el camouflage del no sé, el hechizo esquizo, el sollozo de una mujer llamada usted que aún, pasado los meses, se parece a usted en cuanto a aullido secreto que pide hombre conforme a las dos figuraciones que es y será siempre usted, mi hembra hembra, mi Agua Grande a la que los clínicos libertinos llaman con liviandad Melancolía, como si el tajo de alto abajo no fuera lo más sagrado de ese láser incurable que es el amor con aroma de laúd, y no le importe que las rosas bajo el estrago del verano que le anden diciendo por ahí fea o Arruga, ríase, huélalas desde su altivez, métase con descaro en lo más adúltero de mis sábanas como está escrito y conste que fue usted la que saltó por asalto el volcán, y no lo niegue, ándele airosa entonces pero sin llorar, equa mía, la Poesía no le sirve, Lebu mata, mi posesa flaca de anca, mi esdrújula bellísima de 50 kilos, vuélele, no se me emperre en ese inglés metalúrgico de corral, todo entre nosotros no pasó de mísera ráfaga telefónica que alguna vez llamamos eternidad: usted misma fue esa ráfaga. Lacán el rey se lo diría igual: ándele, vuélele paloma casi en mexicano, no le transe a la depre, báñese en alquimia espontánea, tire la fármaca a la basura, eso engorda, déjese de drogas, de analistas, de concupiscencia nicotínica, y si está loca vuélvase más loca, baile en pelotas como la muerte, apréndale a la Tierra que baila así, ¡y eso que el sol exige la traslación! Bueno y, para cerrar, si su juego es irse váyase a otro seso menos diabólico, elija: culebra, por ejemplo, ¿no le da para culebra? Eva comió culebra como usted dos veces: ahí ve cómo va la Especie desde entonces, cómo se arrastra pendenciera pidiéndole perdón a las estrellas por haber parido peste, ¡puro border-line y miedo, y rosas, dos rosas venenosas! ¿no cree usted? ¿quién tiene la culpa si nunca hubo culpa? Preferiblemente cuélguese alámbrica a todo lo larga y lo preciosa de vértebras que es usted y, baile ahí pendular en el vacío unos diez minutos, a ver qué pasa con el estirón, para crecimiento y escarmiento.
Las hermosas
Eléctricas, desnudas en el mármol ardiente que pasa de la piel a los vestidos, turgentes, desafiantes, rápida la marea, pisan el mundo, pisan la estrella de la suerte con sus finos tacones y germinan, germinan como plantas silvestres en la calle, y echan su aroma duro verdemente.
Cálidas impalpables del verano que zumba carnicero. Ni rosas ni arcángeles: muchachas del país, adivinas del hombre, y algo más que el calor centelleante, algo más, algo más que estas ramas flexibles que saben lo que saben como sabe la tierra.
Tan livianas, tan hondas, tan certeras las suaves. Cacería de ojos azules y otras llamaradas urgentes en el baile de las calles veloces. Hembras, hembras en el oleaje ronco donde echamos las redes de los cinco sentidos para sacar apenas el beso de la espuma.
Las pudibundas
Mujeres de 50 a 60 hablando en un rincón de austeridad frenéticas contra el falo, ¡a las horas!, cuando ya se ha ardido mucho y se ha tostado el encanto, hirondelas, y lo frustrado se ha vuelto arruga. Trampa, no todo será lujuria pero qué portento es la lujuria con su olor a lujuria, con su fulgor a mujer y hombre nadando en la inmensidad de esos dos metros crujientes con sábanas, o sin, en un solo beso que es pura imantación mientras afuera la Tierra dicen que gira y ellos allí libres. Gloriosos y gozosos, embellecidos por los excesos. Que hablen lo que quieran de gravedad menesterosa esas pudibundas. Ay, cuerpo, quién fuera eternamente cuerpo.
Latín y jazz
Leo en un mismo aire a mi Catulo y oigo a Louis Armstrong, lo reoigo en la improvisación del cielo, vuelan los ángeles en el latín augusto de Roma con las trompetas libérrimas, lentísimas, en un acorde ya sin tiempo, en un zumbido de arterias y de pétalos para irme en el torrente con las olas que salen de esta silla, de esta mesa de tabla, de esta materia que somos yo y mi cuerpo en el minuto de este azar en que amarro la ventolera de estas sílabas.
Es el parto, lo abierto de lo sonoro, el resplandor del movimiento, loco el círculo de los sentidos, lo súbito de este aroma áspero a sangre de sacrificio: Roma y África, la opulencia y el látigo, la fascinación del ocio y el golpe amargo de los remos, el frenesí y el infortunio de los imperios, vaticinio o estertor: éste es el jazz, el éxtasis antes del derrumbe, Armstrong; éste es el éxtasis, Catulo mío, ¡Tánatos!
Los amantes
París, y esto es un día del 59 en el aire. Por lo visto es el mismo día radiante desde entonces. La primavera sabe lo que hace con sus besos. Todavía te busco en ese taxi urgente, y el gentío. Está escrito que esta noche dormiré con tu cuerpo largamente, y el tren interminable.
París, y éste es el fósforo de la maravilla violenta. Todo es en el relámpago y ardemos sin parar desde el principio en el hartazgo. Amémonos estos pobres minutos. De trenes y más trenes y de aviones errantes nos cosieron los dioses, y de barcos y barcos, esta red que nos une en lo terrestre.
París, y esto el oleaje de la eternidad de repente. Allí nos despedimos para seguir volando. No te olvides de escribirme. La pérdida de esta piel, de estas manos, y esas ruedas terribles que te llevan tan lejos en la noche, y este mundo que se abre debajo de nosotros para seguir naciendo.
París, y vamos juntos en el remolino gozoso de esto que nace y nace con la revolución de cada día. A tus pétalos altos encomiendo la estrella del que viene en los meses de tu sangre, y te dejo dormir en la sábana. Pongo mi mano en la hermosura de tu preñez, y toco claramente el origen.
Los cómplices
Te decía en la carta que juntar cuatro versos no era tener el pasaporte a la felicidad timbrado en el bolsillo, y otras cosas más o menos serias como dándote a entender que desde antiguamente soy tu cómplice cuando bajas a los arsenales de la noche y pones toda tu alma y la respiración perfectamente controlada, por mantener en pie tus rebeliones tus milicias secretas a costa de ese tiempo perdido en comerte las uñas, en mantener a raya tus palpitaciones, en golpearte el pecho por los malos sueños, y no sé cuántas cosas más que, francamente, te gastan la salud cuando en el fondo sabes que estoy contigo aunque no te vea ni tome desayuno en tu mesa ni mi cabeza amanezca en tu pecho como un niño con frío, y eso no necesita escribirse.
Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación…
Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure en mis pulmones una semana más, los días van tan rápidos al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas. Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera nadie allá, voy corriendo a la materna hondura donde termina el hueso, me voy a mi semilla, porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas y en el pobre gusano que soy, con mis semanas y los meses gozosos que espero todavía. Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse de haber entrado en este juego delirante, pero el espejo cruel te lo descifra un día y palideces y haces como que no lo crees, como que no lo escuchas, mi hermano, y es tu propio sollozo allá en el fondo. Si eres mujer te pones la máscara más bella para engañarte, si eres varón pones más duro el esqueleto, pero por dentro es otra cosa, y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto: así es que lo mejor es ver claro el peligro. Estemos preparados. Quedémonos desnudos con lo que somos, pero quememos, no pudramos lo que somos. Ardamos. Respiremos sin miedo. Despertemos a la gran realidad de estar naciendo ahora, y en la última hora.
De “Contra la muerte”
Mariposas para Juan Rulfo
Cómo fornicarán felices las mariposas en el césped oliendo de aquí para allá a Dios sin que vaca alguna muja encima de su transparencia, jugando a jugar un juego vertiginoso a unos pasos blancos del cementerio con el mar del verano zumbando allá abajo ocio y maravilla.
Rulfo habrá soplado en ellas tanta locura, Juan Rulfo cuyo Logos fue el del Principio; les habrá dicho: -Ahora, hijas, nos vamos de una vez del páramo.
¿Y ellas? Ahora ¿qué harán ellas sin Juan que cortó tan lejos más allá de Comala en caballo único tan invisible? ¿bailarán, seguirán bailando para él por si vuelve, por si no ha pasado nada y de repente estamos todos otra vez?
Por mi parte nadie va a llorar, ni mi cabeza que vuela ni la otra que no duerme nunca. Se ha ido y se acabó, nadie corre peligro así acostado oyendo los murmullos aleteantes. -Con tal de que no sea una nueva noche.
Mnemosyné
3 meses entré en la mujer aérea, en un servicio gozoso, carta a carta, 3 la olfateé desnuda en cada pétalo contra los motores, me envicié de aceite, compuse palomas palpitantes en loor de un ritmo blanco encima de los diez mil hasta la asfixia-crucero y dos pezones, ya se sabe: gran rapto por Júpiter, de un Heathcliff ya viejo, de una Catherine a media lozanía, de qué, de quién, de cuál hermosura, tres que no sé meses de qué la bese, la entré tartamudeante, la anduve, me hice tobillo de sus tobillos todo Buenos Aires.
Morbo y aura del mal
He cultivado mi histeria con placer y terror, ahora tengo siempre vértigo, y hoy, 23 de enero de 1862, he padecido una advertencia: he sentido revolotear sobre mí el aire del ala de la imbecilidad. Ch. B.
Del treponema pallidum que hizo estragos en las estrellas -Nietzsche, Hiperión y otros pastores del abismo- habrá diez volúmenes en la ventolera de las lenguas, con o sin ideogramas, la versión de los Septuaginta dice producto del sol, concupiscencia dice la Vulgata, lo bueno agrega por su parte Baudelaire es que al alma no le da sífilis, al cerebro le da por comercio directo con la hermosura.
Muchachas
Desde mi infancia vengo mirándolas, oliéndolas, gustándolas, palpándolas, oyéndolas llorar, reír, dormir, vivir; fealdad y belleza devorándose, azote del planeta, una ráfaga de arcángel y de hiena que nos alumbra y enamora, y nos trastorna al mediodía, al golpe de un íntimo y riente chorro ardiente.
Olfato
Hombre es baile, mujer es igualmente baile, duran 60, tiran diez mil noches, echan 10 hijos y en cuanto al semen ella se lava el corazón con semen, huele a los hijos, a su hombre remoto lo huele con nariz caliente, ya difunto.
Con nariz de loca lo huele.
Oriana
1.Ahora ahí los ojos, los dos ojos de Oriana esquiza y órfica, la nariz de hembra hembra, la boca: os-oris en la lengua madre de cuya vulva genitiva vino el nombre de Oriana, las orejas sigilosas que oyeron y callaron los enigmas, el ángulo facial, el pelo bellamente tomado hacia atrás, sin olvidar sus manos fuertes y arteriales de remera de lujo en la carretera y esa gracia cartaginesa, finamente veneciana, cortando pericoloso el oleaje contra el infortunio torrencial, ahora y en la hora de mi muerte Oriana
ahí, traslúcida, con además sus cuarenta y nueve que me son flexiblemente diecinueve por lo fenomenal del espinazo y qué me importan las estrellas si no hay más estrella que Oriana, ahora allí con su decoro y esa sua eleganza, por decirlo en italiano, adentro de la turbulencia del mosquerío que será siempre la ordinariez, llámese casamiento o cuento de burdel, con chancro y todo, y rencor, y pestilencia seca del rencor,
(¡cólera, a callar!), y otra cosa menos abyecta: ni soy Heathcliff feo como soy ni ella Catherine Earnshaw pero el espejo es el espejo y Cumbres Borrascosas sigue siendo el único éxtasis: o vivir muerto de amor o marcharse del planeta. De ahí que todo sea Oriana: el Tiempo que apenas dura tres segundos sea Oriana, la luna sobre la nieve sea Oriana, Dios mismo que me oye sea Oriana,
sólo que hoy no está. A veces está pero no está, no ha venido, no ha llamado por el teléfono, no anda por aquí, estará fumando qué sé yo uno de esos 50 cigarrillos en los que le gusta arder, total le gusta arder y qué más da, se nace para podrirse, o para preferiblemente quemarse, ella se quema y la amo en su humo de Concepción a Chillán de Chile, ¡los pavorosos cien kilómetros cuchilleramente cortantes!, me atengo entonces a su figura que no hay, y es un viernes por ejemplo de algún agosto que no hay y la constelación de los violines de Brahms puede más que la lluvia, y el caso es que el mismísimo Pound la hubiera adorado, por loca la hubiera idolatrado a esta Oriana de Orión en un sollozo seco de hombre la hubiera cuando no hay Rapallo, la hubiera cuando no hay, y sigue la lluvia, y las espinas, y además está sucio este compáct, no suena, porque el zumbido mismo no suena, o suena al revés, o porque casi todo es otra cosa y el pordiosero soy yo, y qué voy a hacer con tanto libro, con tanta casa hueca sin ella y esta música que no suena. Llamará el día de mi muerte llamará.
II Piedad entonces por la sutura de su vientre: a usted la conocí bíblicamente allá por marzo del 98 en la ventolera de algún film de antes, ciego y torrencial a lo Joan Crawford, las cejas en el arco, cierta versión eléctrica de los ojos, el camouflage del no sé, el hechizo esquizo, el sollozo de una mujer llamada usted que aún, pasados los meses, se parece a usted en cuanto a aullido secreto que pide hombre conforme a las dos figuraciones que es y será siempre usted, mi hembra hembra, mi Agua Grande a la que los clínicos libertinos llaman con liviandad Melancolía, como si el tajo de alto abajo no fuera lo más sagrado de ese láser incurable que es el amor con aroma de laúd, y no le importe que las rosas bajo el estrago del verano le anden diciendo por ahí fea y Arruga, ríase, huélalas desde su altivez, métase con descaro en lo más adúltero de mis sábanas como está escrito y conste que fue usted la que saltó por asalto el volcán, y no lo niegue, ándele airosa entonces pero sin llorar, equa mía, la Poesía no le sirve, Lebu mata, mi posesa flaca de anca, mi esdrújula bellísima de 50 kilos, vuélele, no se me emperre en ese inglés metalúrgico de corral, todo entre nosotros no pasó de mísera ráfaga telefónica que alguna vez llamamos eternidad: usted misma fue esa ráfaga. Lacán el rey se lo diría igual: ándele, vuélele paloma casi en mexicano, no le transe a la depre, báñese en alquimia espontánea, tire la fármaca a la basura, eso engorda, déjese de drogas, de analistas, de concupiscencia nicotínica, y si está loca vuélvase más loca, baile en pelotas como la muerte, apréndale a la Tierra que baila así, ¡y eso que el sol le exige traslación! Bueno y, para cerrar, si su juego es irse váyase a otro seso menos diabólico, elija: culebra, por ejemplo, ¿no le da para culebra? Eva comió culebra como usted dos veces: ahí ve cómo va la Especie desde entonces, cómo se arrastra pendenciera pidiéndole perdón a las estrellas por haber parido peste, ¡puro border-line y miedo, y rosas, dos rosas venenosas!, ¿no cree usted? ¿quién tiene la culpa si nunca hubo culpa? Preferiblemente cuélguese alámbrica a todo lo larga y lo preciosa de vértebras que es usted baile ahí pendular en el vacío unos diez minutos, a ver qué pasa con el estirón, para crecimiento y escarmiento:
III A otro con mujer umbilical así: tranca del no sé, fulgor y nicotina hasta las pestañas, humo y humo, a otro que transe, yo no transo ni voy a canjear ante los dioses encanto por llanto. Patética pide cosmética. Vacío exige hombremente vacío.
A elegir, madame: o el frenesí y el éxtasis del amour fou que es el único amor que habrá habido sobre la tierra, o la raja seca de la higuera maldita.
Ay, lo culébrico de la situación, no es que la vulva misma sea culebra, ni el hueso de la esbeltez sea culebra, lo culebrón hasta el desgarrón es el argumento de la obra: una madre-hermosura, dos infanto-fijaciones amarradas a la hermosura de la madre, más los respectivos escondrijos, un psiquiatra confidente, un abismo, siempre hay un abismo, y yo, ¿qué hago yo que no soy Freud en ese abismo?
Orquídea en el gentío
Bonito el color del pelo de esta señorita, bonito el olor a abeja de su zumbido, bonita la calle, bonitos los pies de lujo bajo los dos zapatos áureos, bonito el maquillaje de las pestañas a las uñas, lo fluvial de sus arterias espléndidas, bonita la physis y la metaphysis de la ondulación, bonito el metro setenta de la armazón, bonito el pacto entre hueso y piel, bonito el volumen de la madre que la urdió flexible y la durmió esos nueve meses, bonito el ocio animal que anda en ella.
Oscuridad hermosa
Anoche te he tocado y te he sentido sin que mi mano huyera más allá de mi mano, sin que mi cuerpo huyera, ni mi oído: de un modo casi humano te he sentido.
Palpitante, no sé si como sangre o como nube errante, por mi casa, en puntillas, oscuridad que sube, oscuridad que baja, corriste, centelleante.
Corriste por mi casa de madera sus ventanas abriste y te sentí latir la noche entera, hija de los abismos, silenciosa, guerrera, tan terrible, tan hermosa que todo cuanto existe, para mí, sin tu llama, no existiera.
Pareja acostada en esa cama china largamente remota
Hablando de dioptrías, Mafalda era la ciega y yo el ciego, compartíamos la misma música arterial, y cerebral, llorábamos de risa ante el espectáculo de los dos espejos, el dolor nos hace cínicos, este Mundo decíamos no es yámbico sino oceánico por comparar farsa y frenesí: gozosa entonces mi desnuda me empujaba riente como jugando al límite del barranco casi fuera de la cama alta de Pekín, como apostando a la peripecia de perder de dinastía en dinastía, cada vez más y más al borde del camastro de palo milenario y por lo visto nupcial, cada vez más lejos del paraíso de su costado de hembra larga de tobillo a pelo entre exceso y exceso de hermosura y todo, ¡claro! por amor y más amor, tigresa ella en su fijeza de mirarme lúcida, fulgor contra fulgor, y yo dragón hasta la violación imantante, ¡diez minutos sin parar, espiándonos, líquidamente fijos, viéndonos por dentro como ven los ciegos, de veras, es decir nariz contra nariz, soplo contra soplo, para inventarnos otro Uno centelleante desde el mísero uno de individuo a individua, a tientas, costillas abajo!- El que más aguanta es el que sabe menos, pudiera acaso decir el Tao. Este Mundo repetíamos y acabamos sin más no es yámbico sino oceánico. Otras veces llovía duro, lo que más llovía eran lágrimas. Ma-fal-da, digo ahora entrecortado, y esto va en serio, ¿qué habrá sido de Mafalda?
Pues de cuantas amé, amé a Mafalda, ¡y que me despedacen las estrellas!, la amé volandera en la lluvia de la Diagonal, bufanda al viento, de una Concepción que yo no más me sé, la esperé ahí anclado y desollado hasta que volviera la Revelación cuya encarnación se da una sola vez, bajé al Infierno de la costumbre, a mis años de galeote en USA bajé, entre doctos y mercaderes, no hubo para mí en el plazo más que mi Beatrice Villa sin arcancielo, cumbre y cumbre hasta la asfixia, ni tersura paridora al itálico modo, ni otra ni otra, ni esbeltez comparable, ni olorosa a la velocidad de ser, ni pensamiento de diamante, ni exacta de exactitud de mujer, ¡Frida acaso que fue Diego hasta el fin!
Otros la amaron pero yo la vi, otros la amarán sin alcanzar nunca a verla, otros y otros dirán que la durmieron entre las sábanas del placer, nadadora y libertina en el oleaje de las tormentas, madona de las siete lunas dirán por despecho, cambiantes cada 28 de sus días terrestres, tornadiza y veloz, ¡déjenla intacta como es, que escriba su bitácora de vuelo interminable para mí, que arda y arda en mi corazón, que dance su danza de danzar, libérrima!
Y en cuanto a mí, ¿cómo lo diría Matta?, consíguete una vida de 80 años porque la vida empieza a los 70, así al morir ya se sabe Je m’en fous, Roberto: palabras perdedoras, puras palabras, vejeces de palabras malheridas. No hubo tiempo entre nosotros, nunca hay tiempo ni distancia, todo es posible entre dos locos que se ven a cada instante. Relámpago es lo que hubo esa vez de Concepción de Chile y nada más que relámpago, figura de lo instantáneo hubo de lo que pende el Mundo, y eso está escrito. La amo, ¿y qué? Soy el ciego que ama a su ciega.
Viernes 21 de junio, mes aciago. 1996
Pareja humana
Hartazgo y orgasmo son dos pétalos en español de un mismo lirio tronchado cuando piel y vértebras, olfato y frenesí tristemente tiritan en su blancura última, dos pétalos de nieve y lava, dos espléndidos cuerpos deseosos y cautelosos, asustados por el asombro, ligeramente heridos en la luz sanguinaria de los desnudos: un volcán que empieza lentamente a hundirse.
Así el amor en el flujo espontáneo de unas venas encendidas por el hambre de no morir, así la muerte: la eternidad así del beso, el instante concupiscente, la puerta de los locos, así el así de todo después del paraíso: -Dios, ábrenos de una vez.
Perdí mi juventud en los burdeles…
Perdí mi juventud en los burdeles pero no te he perdido ni un instante, mi bestia, máquina del placer, mi pobre novia reventada en el baile.
Me acostaba contigo, mordía tus pezones furibundo, me ahogaba en tu perfume cada noche, y al alba te miraba dormida en la marea de la alcoba, dura como una roca en la tormenta.
Pasábamos por ti como las olas todos los que te amábamos. Dormíamos con tu cuerpo sagrado. Salíamos de ti paridos nuevamente por el placer, al mundo.
Perdí mi juventud en los burdeles, pero daría mi alma por besarte a la luz de los espejos de aquel salón, sepulcro de la carne, el cigarro y el vino.
Allí, bella entre todas, reinabas para mí sobre las nubes de la miseria.
A torrentes tus ojos despedían rayos verdes y azules. A torrentes tu corazón salía hasta tus labios, latía largamente por tu cuerpo, por tus piernas hermosas y goteaba en el pozo de tu boca profunda.
Después de la taberna, a tientas por la escala, maldiciendo la luz del nuevo día, demonio a los veinte años, entré al salón esa mañana negra.
Y se me heló la sangre al verte muda, rodeada por las otras, mudos los instrumentos y las sillas, y la alfombra de felpa, y los espejos copiaban en vano tu hermosura.
Un coro de rameras te velaba de rodillas, oh hermosa llama de mi placer, y hasta diez velas honraban con su llanto el sacrificio, y allí donde bailaste desnuda para mí, todo era olor a muerte.
No he podido saciarme nunca en nadie, porque yo iba subiendo, devorado por el deseo oscuro de tu cuerpo cuando te hallé acostada boca arriba, y me dejaste frío en lo caliente, y te perdí, y no pude nacer de ti otra vez, y ya no pude sino bajar terriblemente solo a buscar mi cabeza por el mundo.
Playa con andróginos
A él se le salía la muchacha y a la muchacha él por la piel espontánea, y era poderoso ver cuatro en la figura de estos dos que se besaban sobre la arena; vicioso era lo viscoso o al revés; la escena iba de la playa a las nubes. ¿Qué después pasó?; ¿quién entró en quién?, ¿hubo sábana con la mancha de ella y él fue la presa? ¿O atados a la deidad del goce ríen ahí no más su relincho de vivir, la adolescencia de su fragancia?
Me besa con lujuria Tratando de escaparse de la muerte, Y cuando caigo al sueño se hospeda en mi columna Vertebral, y me grita pidiéndome socorro, Me arrebata a los cielos, como un cóndor sin madre Empollado en la muerte.
Qedeshim Qedeshoth*
Mala suerte acostarse con fenicias, yo me acosté con una en Cádiz belísima y no supe de mi horóscopo hasta mucho después cuando el Mediterráneo me empezó a exigir más y más oleaje; remando hacia atrás llegué casi exhausto a la duodécima centuria: todo era blanco, las aves, el océano, el amanecer era blanco.
Pertenezco al Templo, me dijo: soy Templo. No hay puta, pensé, que no diga palabras del tamaño de esa complacencia. 50 dólares por ir al otro Mundo, le contesté riendo; o nada. 50, o nada. Lloró convulsa contra el espejo, pintó encima con rouge y lágrimas un pez: -Pez, acuérdate del pez.
Dijo alumbrándome con sus grandes ojos líquidos de turquesa, y ahí mismo empezó a bailar en la alfombra el rito completo; primero puso en el aire un disco de Babilonia y le dio cuerda al catre, apagó las velas: el catre sin duda era un gramófono milenario por el esplendor de la música; palomas, de repente aparecieron palomas.
Todo eso por cierto en la desnudez más desnuda con su pelo rojizo y esos zapatos verdes, altos, que la esculpían marmórea y sacra como cuando la rifaron en Tiro entre las otras lobas del puerto, o en Cartago donde fue bailarina con derecho a sábana a los quince; todo eso.
Pero ahora, ay, hablando en prosa se entenderá que tanto espectáculo angélico hizo de golpe crisis en mi espinazo, y lascivo y seminal la violé en su éxtasis como si eso no fuera un templo sino un prostíbulo, la besé áspero, la lastimé y ella igual me besó en un exceso de pétalos, nos manchamos gozosos, ardimos a grandes llamaradas Cádiz adentro en la noche ronca en un aceite de hombre y de mujer que no está escrito en alfabeto púnico alguno, si la imaginación de la imaginación me alcanza.
Qedeshím qedeshóth*, personaja, teóloga loca, bronce, aullido de bronce, ni Agustín de Hipona que también fue liviano y pecador en Africa hubiera hurtado por una noche el cuerpo a la diáfana fenicia. Yo pecador me confieso a Dios.
* En fenicio: cortesana del templo
¿Qué se ama cuando se ama?
¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: ¿amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes, o este sol colorado que es mi sangre furiosa cuando entro en ella hasta las últimas raíces?
¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo, repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces de eternidad visible?
Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una, a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.
Renata
rojasgonzalo@difícil la situación tuya Ajmátova Anna Ajmátova
Respuesta a ras de arrullo virtual: entendido descifrado e-mail hermoso a escala de amor hermoso fechado hoy en Monterrey, un beso, ¿dónde queda Monterrey?
Alabado sea México porque es esdrújulo como el Hado, por el gran pétalo convulso y blanco de tu cuerpo, Renata, arrebatado por el acorde arterial del éxtasis, los leones de Babilonia adentro, por lo animala trémula cuando te quedas honda pensando pensamiento, por los milenios que hablan fenicio, etrusco, maya en ti, mi una única, de hipotálamo a pie precioso, sin Malcolm Lowry, sin Artaud, sin Lawrence, por ese violoncello que eres tú y nada más, por ese río que eres donde los niños miden el fondo de la transparencia. Alabado, alabado porque es esdrújulo como el Hado.
Más claro y ya por último fuera del ahora, no se ha vivido, se ha llorado llanto de nacer, se ha, se habrá más y más mar nadado contra el oleaje embravecido.
No hubo ver, no se vio, todo lo más que se vio fue un aullido, desde las galaxias, la oreja pensó ojo, el ojo pensó vagido: tú -paridora- sabes cuánto cuesta.
Por anámnesis, por desierta memoria sabes cuánto le cuesta al corazón irse quitando quereres, cuánto al estanque donde suelen flotar los cisnes negros, cuánto a la propia soledad que ha sido, que será, cuánta hermosura le cuesta a la hermosura.
Porque todo es parte, Renata, todo es parte, tu figura, tu escritura, esa letra que los dioses escriben por ti cuando dices su callada resurrección, tus muslos, tu risa de repente, la rugosa realidad que pintó Rimbaud, ese otro relámpago con R de rey, lo ensangrentado de ti que anda en mí arterial, el misterio.
Todo es parte, se es hombre de mujer, mujer de hombre, ventolera de Dios: ánimula vágula blándula, mortala de mortal, útero de la Tierra, atánatos espérmatos se es, mariposa y sangre para hilar el pez del que vinimos viniendo. -Sigue tú: el Tao eres tú.
Requiem de la mariposa
Sucio fue el día de la mariposa muerta. Acerquémonos a besar la hermosura reventada y sagrada de su pétalos que iban volando libres, y esto es decirlo todo, cuando sopló la Arruga, y nada sino ese precipicio que de golpe, y únicamente nada.
Guárdela el pavimento salobre si la puede guardar, entre el aceite y el aullido de la rueda mortal. O esto es un juego que se parece a otro cuando nos echan tierra. Porque también la Arruga…
O no la guarde nadie. O no nos guarde larva, y salgamos dónde por último del miedo: a ver qué pasa, hermosa. Tú que aún duermes ahí en el lujo de tanta belleza, dinos cómo o, por lo menos, cuándo.
Retrato de mujer
Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara, sola en tu espejo, libre de marido, desnuda con la exacta y terrible realidad del gran vértigo que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo, y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.
Te juré no escribirte; por eso estoy llamándote en el aire para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada, sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo que nunca me oyes, eso que nunca me entiendes nunca, aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.
Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre, y quémame en el último cigarrillo del miedo al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste con la herida visible de tu belleza. Lástima de la que llora y llora en la tormenta.
No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible, una nariz de arcángel y una boca de animal, y una sonrisa que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela en tu frente, mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.
Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma, y te quedas como inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo de la noche, y me besas lo mismo que una ola. Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás conmigo. Aquí mujer, te dejo tu figura.
Tacto y error
Por mucho que la mano se me llene de ti para escribirte, para acariciarte como cuando te quise
arrancar esos pechos que fueron mi obsesión en la terraza donde no había nadie sino tú con tu cuerpo, tú con tu corazón y tu hermosura, y con tu sangre adentro que te salía blanca, reseca, por el polvo del deseo,
oh, por mucho que tú hayas sido mi perdición hasta volverme lengua de tu boca, ya todo es imposible. Hubo una vez un hombre, una vez hubo una mujer vestida con la U de tu cuerpo que palpitaba adentro de todas mis palabras, los vellos, los destellos; de lo que hubo aquello no quedas sino tú sin labios y sin ojos, para mí ya no quedas sino como la forma de una cama que vuela por el mundo.
Tomad vuestro teléfono…
Tomad vuestro teléfono y preguntad por ella cuando estéis desolados, cuando estéis totalmente perdidos en la calle con vuestras venas reventadas, sed sinceros, decidle la verdad muy al oído.
Llamadla al primer número que miréis en el aire escrito por la mano del sol que os transfigura., porque ese sol es ella, ese sol que no habla, ese sol que os escucha a lo largo de un hilo que va de estrella a estrella descifrando la suerte de la razón, llamadla hasta que oigáis su risa que os helará la punta del ánimo, lo mismo que la primera nieve que hace temblar de gozo la nariz del suicida.
Esa risa lo es todo: la puerta que se abre, la alcoba que os deslumbra, los pezones encima del volcán que os abrasa, las rodillas que guardan el blanco monumento, los pelos que amenazan invadir esas cumbres, su boca deseada, sus orejas de cítara, sus manos, el calor de sus ojos, lo perverso de esta visión palpable del lujo y la lujuria: esa risa lo es todo.
Tres rosas amarillas
I ¿Sabes cómo escribo cuando escribo? Remo en el aire, cierro las cortinas del cráneo-mundo, remo párrafo tras párrafo, repito el número XXI por egipcio, a ver si llego ahí cantando, los pies alzados hacia las estrellas,
II Del aire corto tres rosas amarillas bellísimas, vibro en esa transfusión, entro águila en la mujer, serpiente y águila, paloma y serpiente por no hablar de otros animales aéreos que salen de ella: hermosura, piel, costado, locura,
III Señal gozosa asiria mía que lloverá le digo a la sábana blanca de la página, fijo que lloverá, Dios mismo que lo sabía lo hizo en siete.
Aquí empieza entonces la otra figura del agua.
Vocales para Hilda
La que duerme ahí, la sagrada, la que me besa y me adivina, la translúcida, la vibrante, la loca de amor, la cítara alta:
tú,
nadie sino flexiblemente tú, la alta, en el aire alto del aceite original de la Especie:
tú,
la que hila en la velocidad ciega del sol:
tú,
la elegancia de tu presencia natural tan próxima mi vertiente de diamante, mi arpa, tan portentosamente mía:
tú,
paraíso o nadie cuerda para oír el viento sobre el abismo sideral:
tú,
página de piel más allá del aire:
tú,
manos que amé, pies desnudos del ritmo de marfil donde puse mis besos:
tú,
volcán y pétalos, llama; lengua de amor viva:
tú,
figura espléndida, orquídea cuyo carácter aéreo me permite volar:
tú,
muchacha mortal, fragancia de otra música de nieve sigilosamente andina:
tú,
hija del mar abierto, áureo, tú que danzas inmóvil parada ahí en la transparencia desde lo hondo del principio:
tú
cordillera, tú, crisálida sonámbula en el fulgor impalpable de tu corola:
tú,
nadie: tú: Tú, Poesía, tú, Espíritu, nadie:
tú,
que soplas al viento estas vocales oscuras, estos acordes pausados en el enigma de lo terrestre:
tú: