Desde mi infancia vengo mirándolas, oliéndolas, gustándolas, palpándolas, oyéndolas llorar, reír, dormir, vivir; fealdad y belleza devorándose, azote del planeta, una ráfaga de arcángel y de hiena que nos alumbra y enamora, y nos trastorna al mediodía, al golpe de un íntimo y riente chorro ardiente.