1.Ahora ahí los ojos, los dos ojos de Oriana esquiza y órfica, la nariz de hembra hembra, la boca: os-oris en la lengua madre de cuya vulva genitiva vino el nombre de Oriana, las orejas sigilosas que oyeron y callaron los enigmas, el ángulo facial, el pelo bellamente tomado hacia atrás, sin olvidar sus manos fuertes y arteriales de remera de lujo en la carretera y esa gracia cartaginesa, finamente veneciana, cortando pericoloso el oleaje contra el infortunio torrencial, ahora y en la hora de mi muerte Oriana
ahí, traslúcida, con además sus cuarenta y nueve que me son flexiblemente diecinueve por lo fenomenal del espinazo y qué me importan las estrellas si no hay más estrella que Oriana, ahora allí con su decoro y esa sua eleganza, por decirlo en italiano, adentro de la turbulencia del mosquerío que será siempre la ordinariez, llámese casamiento o cuento de burdel, con chancro y todo, y rencor, y pestilencia seca del rencor,
(¡cólera, a callar!), y otra cosa menos abyecta: ni soy Heathcliff feo como soy ni ella Catherine Earnshaw pero el espejo es el espejo y Cumbres Borrascosas sigue siendo el único éxtasis: o vivir muerto de amor o marcharse del planeta. De ahí que todo sea Oriana: el Tiempo que apenas dura tres segundos sea Oriana, la luna sobre la nieve sea Oriana, Dios mismo que me oye sea Oriana,
sólo que hoy no está. A veces está pero no está, no ha venido, no ha llamado por el teléfono, no anda por aquí, estará fumando qué sé yo uno de esos 50 cigarrillos en los que le gusta arder, total le gusta arder y qué más da, se nace para podrirse, o para preferiblemente quemarse, ella se quema y la amo en su humo de Concepción a Chillán de Chile, ¡los pavorosos cien kilómetros cuchilleramente cortantes!, me atengo entonces a su figura que no hay, y es un viernes por ejemplo de algún agosto que no hay y la constelación de los violines de Brahms puede más que la lluvia, y el caso es que el mismísimo Pound la hubiera adorado, por loca la hubiera idolatrado a esta Oriana de Orión en un sollozo seco de hombre la hubiera cuando no hay Rapallo, la hubiera cuando no hay, y sigue la lluvia, y las espinas, y además está sucio este compáct, no suena, porque el zumbido mismo no suena, o suena al revés, o porque casi todo es otra cosa y el pordiosero soy yo, y qué voy a hacer con tanto libro, con tanta casa hueca sin ella y esta música que no suena. Llamará el día de mi muerte llamará.
II Piedad entonces por la sutura de su vientre: a usted la conocí bíblicamente allá por marzo del 98 en la ventolera de algún film de antes, ciego y torrencial a lo Joan Crawford, las cejas en el arco, cierta versión eléctrica de los ojos, el camouflage del no sé, el hechizo esquizo, el sollozo de una mujer llamada usted que aún, pasados los meses, se parece a usted en cuanto a aullido secreto que pide hombre conforme a las dos figuraciones que es y será siempre usted, mi hembra hembra, mi Agua Grande a la que los clínicos libertinos llaman con liviandad Melancolía, como si el tajo de alto abajo no fuera lo más sagrado de ese láser incurable que es el amor con aroma de laúd, y no le importe que las rosas bajo el estrago del verano le anden diciendo por ahí fea y Arruga, ríase, huélalas desde su altivez, métase con descaro en lo más adúltero de mis sábanas como está escrito y conste que fue usted la que saltó por asalto el volcán, y no lo niegue, ándele airosa entonces pero sin llorar, equa mía, la Poesía no le sirve, Lebu mata, mi posesa flaca de anca, mi esdrújula bellísima de 50 kilos, vuélele, no se me emperre en ese inglés metalúrgico de corral, todo entre nosotros no pasó de mísera ráfaga telefónica que alguna vez llamamos eternidad: usted misma fue esa ráfaga. Lacán el rey se lo diría igual: ándele, vuélele paloma casi en mexicano, no le transe a la depre, báñese en alquimia espontánea, tire la fármaca a la basura, eso engorda, déjese de drogas, de analistas, de concupiscencia nicotínica, y si está loca vuélvase más loca, baile en pelotas como la muerte, apréndale a la Tierra que baila así, ¡y eso que el sol le exige traslación! Bueno y, para cerrar, si su juego es irse váyase a otro seso menos diabólico, elija: culebra, por ejemplo, ¿no le da para culebra? Eva comió culebra como usted dos veces: ahí ve cómo va la Especie desde entonces, cómo se arrastra pendenciera pidiéndole perdón a las estrellas por haber parido peste, ¡puro border-line y miedo, y rosas, dos rosas venenosas!, ¿no cree usted? ¿quién tiene la culpa si nunca hubo culpa? Preferiblemente cuélguese alámbrica a todo lo larga y lo preciosa de vértebras que es usted baile ahí pendular en el vacío unos diez minutos, a ver qué pasa con el estirón, para crecimiento y escarmiento:
III A otro con mujer umbilical así: tranca del no sé, fulgor y nicotina hasta las pestañas, humo y humo, a otro que transe, yo no transo ni voy a canjear ante los dioses encanto por llanto. Patética pide cosmética. Vacío exige hombremente vacío.
A elegir, madame: o el frenesí y el éxtasis del amour fou que es el único amor que habrá habido sobre la tierra, o la raja seca de la higuera maldita.
Ay, lo culébrico de la situación, no es que la vulva misma sea culebra, ni el hueso de la esbeltez sea culebra, lo culebrón hasta el desgarrón es el argumento de la obra: una madre-hermosura, dos infanto-fijaciones amarradas a la hermosura de la madre, más los respectivos escondrijos, un psiquiatra confidente, un abismo, siempre hay un abismo, y yo, ¿qué hago yo que no soy Freud en ese abismo?