Perdí mi juventud en los burdeles...

Perdí mi juventud en los burdeles…

Perdí mi juventud en los burdeles pero no te he perdido ni un instante, mi bestia, máquina del placer, mi pobre novia reventada en el baile.

Me acostaba contigo, mordía tus pezones furibundo, me ahogaba en tu perfume cada noche, y al alba te miraba dormida en la marea de la alcoba, dura como una roca en la tormenta.

Pasábamos por ti como las olas todos los que te amábamos. Dormíamos con tu cuerpo sagrado. Salíamos de ti paridos nuevamente por el placer, al mundo.

Perdí mi juventud en los burdeles, pero daría mi alma por besarte a la luz de los espejos de aquel salón, sepulcro de la carne, el cigarro y el vino.

Allí, bella entre todas, reinabas para mí sobre las nubes de la miseria.

A torrentes tus ojos despedían rayos verdes y azules. A torrentes tu corazón salía hasta tus labios, latía largamente por tu cuerpo, por tus piernas hermosas y goteaba en el pozo de tu boca profunda.

Después de la taberna, a tientas por la escala, maldiciendo la luz del nuevo día, demonio a los veinte años, entré al salón esa mañana negra.

Y se me heló la sangre al verte muda, rodeada por las otras, mudos los instrumentos y las sillas, y la alfombra de felpa, y los espejos copiaban en vano tu hermosura.

Un coro de rameras te velaba de rodillas, oh hermosa llama de mi placer, y hasta diez velas honraban con su llanto el sacrificio, y allí donde bailaste desnuda para mí, todo era olor a muerte.

No he podido saciarme nunca en nadie, porque yo iba subiendo, devorado por el deseo oscuro de tu cuerpo cuando te hallé acostada boca arriba, y me dejaste frío en lo caliente, y te perdí, y no pude nacer de ti otra vez, y ya no pude sino bajar terriblemente solo a buscar mi cabeza por el mundo.