I Ojalá sabiéndome vivir pudiera Abrir mi corazón como granada Reintegrar a la tierra al agua al aire al fuego esa semilla que a ti y a mí nos fue otorgada y al espacio del continuo fluir pertenece
No temer a la muerte sí a los dioses impuestos y palpables Pensar que de nosotros se alzará una energía consecuencia final de todo lo vivido que podrá o no enlazar sus manos:
al finito eslabón sin principio ni fin del Universo
II ¿Por qué sufres entonces tiñendo de veneno tus latidos?
Por qué nunca aprendemos a no sentir el peso de nuestra exigüidad Quizás es que en el fondo nos sabemos tan leves como plumas subyugadas a la fuerza del viento
Y cubriendo con guantes nuestras manos vamos echando lastre de todo lo celeste y lo terreno que atrae al interior del horno inmenso nuestro cuerpo y espíritu imanados Hacia el mundo candente y mineral:
licuar transformador universal de los metales
IX Y tú poeta intentando avanzar por las espesas arenas del desierto nómada develándote en éxodo continuo hacia la sed de hacerse fuente y de brotar mujer hombre persona
Árbol diseminado por algún espejismo: silente observador que a nuestro errar asiste
Él como tú permanece mientras una retina los absorba y aquel pliegue de las ramas internas guarde esa leve hendidura de alguno de ambos pasos o un fulgor entreabriendo una palabra tuya
Ni él ni tú pueden salvar a nadie ni esperar salvación:
aunque las manos de sus brazos secos parece que quisieran rasgar el firmamento * * * * *