XVII Un día quisiera fondear mi nave y acercarme a nado como el ladrón que ha olvidado su oficio Cuando los párpados apretados retienen las imágenes de los ensueños Cuando la noche abre sus oscuros brazos de un silencio apacible
No desearía desviar los hilos invisibles que el destino pueda haber trazado sobre el aire de mi región de origen
Un día quisiera pintar de destiempo mi barca su obra muerta-viva Llegar antes de amanecer para escalar hasta la torre-mirador-buhardilla Ahondar en las raíces que han crecido detrás de tu mirada hasta hacer brotar lo que hay oculto:
En el paisaje de yemas anuladas por las grúas En la roja traición del tumor en cadena En el hedor prensil que sirve de alimento a los dedos que también nos señalan y expulsan En los rostros carcomidos por el ácido En la necia posesión que tiraniza una belleza que hubiera sido Como una gran compañía redonda Como las uvas jugosas del tiempo que aun vacías retienen su dulzura
Y qué daría yo por hallar ese prodigio que apresar no se deja Su lecho ilimitado de cristal sin que nada de ella huya No temer ya al viento desabrido del invierno Y tendiéndome en la delicia de la hierba o sobre las crestas alisadas de alta mar reconocer lo permanente en esos ojos:
Su duda al elevarse Como otra forma de saber otro orden que es seda y es metal y vidrio opalescente Configurados por el múltiple rostro de las palabras: Las mismas que te piensan y alimentan tu pulso Las que atraviesan cada noche mis sueños Las que interrogan a quien habita en ellos Las que rescatan de zonas abisales fósiles como perlas no ajenas al cuerpo que las forja Las que dibujan bordados de la idea de mi pensamiento en hebras sobre la piel de tu poema Las que me enseñan los secretos de sus metales en tu mano junto al fuego en su fragua
Con ellas me he atrevido a jugar esta partida Azarosa escalera de figuras con poder de arcanos Guardianas de una llave antiquísima capaz de abrir el muro de todo lo certero que lleva en sí la muerte
Sin ellas qué mineral qué ruinas qué arrecifes En qué grietas de espejos confundirse En qué bordes de mil acantilados abismarse hacia qué esferas penetrar Su música y cómo renunciar a pronunciar sus nombres como espadas de gladiolos de fuego floreciendo del cristal de las aguas
La nada sin su canto sin su collar de perlas sin su estela de piélago sin su sal en tu lengua Llovedme de palabras inundad mis cabellos Dejadla de alfarera junto a su vidrio hacer de esta ambigua existencia de lo ebrio: ánforas que prensen en su vientre los espacios de otras páginas su respirar de ojos y de labios licuados en tu esencia como una creación de lo que aún desconozco Como un néctar un silencio nutrido de rosas-calcinadas y de cenizas-bálsamo Estremeciendo curando de la fiebre que exhala su sudor en los espejos vacíos del poema
Quiero palabras poliédricas de antídoto inmunizando al alma de esa vasta anorexia que crece en sus fisuras Del exceso que se encostra en las máscaras acumulando el tedio
Dejadla hacer palabras que transformen en distintas verdades la mentira Antes que la luz hiera mi incertidumbre y vele su materia Antes que emerja su inapelable imagen y quede desvelada Antes de regresar de este rincón opaco de tu laboratorio Antes que la fugacidad abra su puerta
Antes que nos invada su niebla inexorable De “Ánforas” Editorial Devenir, Madrid 2009