La flor del hibisco

La flor del hibisco

IV. Ahora que la luz permite reencontrar…

Los silencios que en el grito hibernaban, Ahora que la lluvia crece irreversible Bajo el resplandor del trigo y sus espigas No quiero Que el tiempo en que dudé de mí Y de tu existencia Trace sus redes de telaraña inhóspita * * * * *

V. Pero, sin el certificado de amar…

Sin bendición ni hipoteca que obligue, He mezclado mi sangre con tu sangre. Mi saliva a través de tus labios Se entrega como espuma De ola a las arenas. Tierra y carne Preñadas del olor a magnolia Y del color del ámbar. Las lenguas, En aquel hechizarse, olvidan Los recuerdos de sombras de aves negras Que traspasan el aire y llegan Hasta el rayo fatal, Con cuya claridad abrasa El espectro más ínfimo. * * * * *

VIII. En la habitación contigua…

Ella escucha a la muerte. El sonido del agua que baja Desde el cuarto de baño Hacia la alcantarilla Es su helado mensaje:

Disuélvete en la nada, Acabará la lucha, Ellos quieren que arranques La baldosa que guarda tu secreto, Y despeñada desde el acantilado Te absorberán las olas.

Pero la vida que aún la estira En buen agrimensor la ha convertido, E inspecciona el terreno Y no halla en sí la kulpa, ni el kastillo, Y mide, con mano temblorosa La frialdad del agua… De pronto

El timbre alborotado del teléfono, El trajinar cotidiano de unos pasos Y aquella voz amada Regalo diario: flor de hibisco, Que le recuerda el nombre enrojecido De ese medicamento Y juntos

La reintegran al mundo de los vivos. * * * * *

X. Como flor de heliotropo…

Queriendo absorber toda la luz, Me siento yo de ti avariciosa, Y tengo a veces miedo Si no de dividirnos, Sí, de que un azar ingrato O un accidente absurdo, -Aquél a quien llaman el destino- Imponga la tiranía ciega, Y sus celdas oscuras De aislamiento.

Por eso enciendo velas En toda nuestra casa, Acaricio el color de las maderas Y viajo a través de nuestros cuadros Esperando a que llegues, Sentada en un viejo balancín, Y lleno todos los huecos y rincones De blanca sal marina. * * * * *

XIII. No hay amor sin su sombra y su dolor…

Eros siempre es un niño Que se nutre de amnesia.

No hay amor sin su sombra y su dolor Lo sé. Y también sé que el mar borra las huellas De las horas clavándose en la arena Y los ojos llenándose de azul, Que a veces miran glaucos y poblados De niebla Las espumas, desde otoñales playas.

Por eso, Cuando desvanecidas las estrellas Que alumbraron estos primeros pasos Del amor, Quedemos solitarios una noche De Octubre Bajo débiles luces de neón….

Aun sabiendo Que el tiempo seguirá con sus estragos ¡Cómo quisiera envejecer contigo Y en los rescoldos del invierno amarnos! * * * * *

XIV. Y cuando hagan acopio las cenizas…

Y amanezcan los primeros fríos:

Juntos indagaremos otras fuentes, Nuevas formas de amar y de ternura, Juntos rescribiremos estos versos Con la sabia mesura de quien llega De ese viaje del tiempo y la memoria.

Juntos avivaremos con caricias Los recuerdos De aquellos días que en ciernes entramos En la selva por explorar de nuestras Vidas. * * * * *

XV. Y cuando de los ojos de la memoria…

Se aleje la flor de los almendros Y las ramas colmadas de los cerezos:

Sin ninguna inocencia Quisiera que la bondad triunfara, Poder reconocerla en la mirada De las fotografías que guardemos, Y una pequeña sombra de misterio, Como cuando la abuela me contaba Historias De endiabladas y hechiceras al calor Del fuego, En los tiempos que las flores sucumben Tras el rocío, a las fuertes heladas De un invierno. Del libro “El cantar de las amantes” Barcelona, 2006