XXXIV
Dejé la luz a un lado y en el borde de la revuelta cama me senté, mudo, sombrío, la pupila inmóvil clavada en la pared.
¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme la embriaguez horrible de dolor, expiraba la luz y en mis balcones reía el sol.
Ni sé tampoco en tan terribles horas en qué pensaba o qué pasó por mí; sólo recuerdo que lloré y maldije, y que en aquella noche envejecí.