XXIV
Las ropas desceñidas, desnudas las espadas, en el dintel de oro de la puerta dos ángeles velaban.
Me aproximé a los hierros que defienden la entrada, y de las dobles rejas en el fondo la vi confusa y blanca.
La vi como la imagen que en leve ensueño pasa, como rayo de luz tenue y difuso que entre tinieblas nada.
Me sentí de un ardiente deseo llena el alma; como atrae un abismo, aquel misterio hacia sí me arrastraba.
Mas ¡ay! que de los ángeles parecían decirme las miradas -El umbral de esta puerta sólo Dios lo traspasa.