LXXVII
Me ha herido recatándose en las sombras, sellando con un beso su traición. Los brazos me echó al cuello y por la espalda partióme a sangre fría el corazón.
Y ella prosigue alegre su camino, feliz, risueña, impávida, ¿y por qué? Porque no brota sangre de la herida… Porque el muerto está en pie.