XCVIII Tu aliento es el aliento de las flores, tu voz es de los cisnes la armonía; es tu mirada el esplendor del día y el color de la rosa es tu color.
Tú prestas nueva vida y esperanza a un corazón para el amor ya muerto, tú creces de mi vida en el desierto como crece en un páramo la flor.
XCIX
Yo me acogí, como perdido nauta, a una mujer, para pedirle amor, y fue su amor cansancio a mis sentidos, hielo a mi corazón.
Y quedé, de mi vida en la carrera, que un mundo de esperanza ayer pobló, como queda un viandante en el desierto: ¡A solas con Dios!