Café blanche

Café blanche

Creyendo que la mejor cura contra la melancolía eran esas superficies radiantes y abiertas fuiste hasta las memorables ruinas y viste la estatua de basalto que del cuerpo de Antonio hicieron. Grecia era el testimonio, bajo esa copiosa y virulenta luz, de cómo solo lo externo tiene propia existencia. Ética y belleza eran una y lo mismo. Tallar el cuerpo era tallar también el alma. Curar el odio a si mismo era curar la soledad.

De vuelta a casa, liberado ya del pasado, con aquellas camisas de colores chillones, tus negros pantalones de tres prenses, tus zapatos puntiagudos y habaneros, el desnudo pecho mostrando la cadena de oro macizo y los cinco medallones entrabas al Blanche y pasabas las noches bebiendo cubatas y quemando porros.

Todas y todos eran tuyos. Te enamorabas, sin duda. Amabas tanto los ritos de la carne, su lenguaje y sus palabras que incluso ahora, cuando escribes, no sientes, tampoco, interés alguno por el “acto final”.

Cuando fuimos uno con otro…

Cuando fuimos uno con otro contamos numerosas estrellas

Cuando hacíamos el amor las noches se detenían en la nuestra

Cuando de toda palabra nos recibíamos escribíamos un libro

Los dioses no han sido derrocados y su poder nos asignó varios caminos

Cuando nos separamos todo retornó al futuro y al vacío

Habíamos recobrado nuestra contingencia y el pasado habitaba en la memoria.

Dónde

¿Dónde posar el pie, dónde el poema?

¿Por qué las llagas nos cubren y el escarnio te cerca a toda hora?

Sueño del hombre y su sombra ninguno sabe que uno es sombra de otro nadie sabe si sueña o está muerto.

Happy New Year

Cruzamos trece mil novecientos kilómetros para encontrarnos pero, como es habitual en ti, cambiaste el parecer.

Oh, tú, nacida en un Diciembre inconstante, de grandes ojos de novilla, de fina cintura y pies diminutos, dueña de un Loto Dorado voraz e insaciable.

Hoja de otoño

Hoja de otoño, no percibes el saludo y el beso, el cuerpo detenido en un lecho de aroma, la mano y el labio en la boca, la carne y el ojo en los ojos.

Viento de otoño vuelto hacia dentro.

La pregunta

Un día preguntaron qué deseaba y le trajeron aquella que había perdido en su juventud.

Después de siete lunas y siete sonrisas un hueso de uva le separó de sus brazos de su perfume y sus ajorcas.

Lunas de ayer

La luna, esta noche, la que nunca ha vuelto vendrá para nosotros.

Porque hemos mentido, como en las lunas de ayer. No habrá segunda parte esta vez.

Nuestro amor ha de ser como nunca fue, un insensato amor, amor de dos que nada necesitan ni nada desean más que amarse.

Nuestro amor será así o no será.

M.M.C.

Miro tu rostro.

Imagino que habríamos sido felices si fuera joven como tú, sin un pasado, sin las convicciones que compramos al tiempo.

Miro tu rostro y confirmo que nada tiene ya sentido: tu hermosura debería ser mi sal de cada día tu juventud me haría vivir otros veinte años.

Miro tu rostro y me pregunto:

¿Quién estableció esta rutinaria separación de edades?

¿Quién la fidelidad como hierro inamovible?

¿Quién nos quitó la realidad y sólo nos dejó el deseo?

Noche de octubre

Su memorable voz una noche de Octubre, sobre la puerta.

Su cabeza coronada con hiedra, violetas y numerosas cintas de colores.

El equilibrio de su cuerpo dejando oír, cómo una noche, recostado en aquel a quien amaba, rogando compartir su cuerpo obtuvo sólo una mirada.

Pericles Anastasiades, el año de 1895

Para Raúl Lecuona Rodríguez

Vagos, son ya, los rostros de su rostro vaga, también, la forma de sus manos lejos, está, su aliento de mi boca su pequeña estatura sus quince años Sólo un ayer ocupa mi memoria nuestro pequeño amor nuestro pequeño mes hace diez lunas

De repente en la alta noche tus ojos, de púrpura vestidos, tus labios labios de un amor apresurado tus largos brazos brazos de inolvidable carnadura aparecen ¡Cuanto he perdido buen Dios Cuanto he perdido!

Portero de noche

Bajo el arduo sopor del mediodía Vuelvo y veo tus ojos, esa noche.

Al volver abriste la puerta y para verme mejor preguntaste la hora: eran la una y cuarto.

Tu cuerpo exigía otro cuerpo. Y eso obtuviste.

Servicio de placer

De cada noche que vivimos recuerdo implacable tus caderas.

Como nunca, nadie ofreció iguales placeres.

Como nunca, nadie extrajo de mí la vida.

Dicen que ahora otro, tan alto como yo, complace tus caprichos y los de tus padres.

Soy sólo un escribano y debo componer tres mil caracteres cada día.

Apenas sirvo para dar placer.

Tardes

Nada fue fácil para él.

Nada difícil.

El tiempo dispuso para su corazón buenas y malas tardes hasta cuando sufrió el desdén, la frialdad, la escasez de una mirada.

Se duele el hombre en lo que ama se duele la mujer.

Los tiempos han dispuesto buenas o malas tardes.

Una barba de Camden

Mientras más te cerque el día definitivo mayores goces encontrará la carne.

Busca una joven y cantarás con ella lo que une y entrelaza.

A vuestro alrededor, jóvenes rozagantes se disponen a tocar tus brazos.

1975

La delicia de las cosas reposa en el paladar.

Desgraciado quien llegado a los treinta sólo ha probado un lado del placer y gustado sólo una caricia.